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Cine

Los avatares de James Cameron

Regreso a casa – al menos mi refugio temporal en las montañas del Oeste de Massachusetts, tras ver Avatar. Me he quitado los lentes de 3D y sólo así he podido pensar con calma.

Me he sentido abrumado por la riqueza visual de Avatar. Las imágenes son, en efecto, avasalladoras, impactantes. Hay una explosión de colores, formas y movimientos que me dejan boquiabierto. La generación de imágenes por computadora, mezclada con una producción sin límites de billetera, ciertamente dejan al espectador sin aliento.

Es exactamente la misma sensación que tengo al jugar el último videojuego de fútbol de EA. Me abruma, me sobrepasa, me inunda la carga visual.

Pero hasta ahí.

Debí sospecharlo. James Cameron es un experto en las violaciones visuales, un sexual predator de la cámara – y a final de cuentas un hombre sin historias que contar.

Comparo entonces Avatar con los recientes homenajes que se le han hecho a Hayao Miyazaki, considerado por muchos como el mejor director de la década que culmina, el creador de Studio Ghibli, y el máximo innovador del cine de animación. Ver por ejemplo esta pieza en Salon.

Aún en sus más complejas producciones – Spirited Away, Howl’s Moving Castle, My Neighbor Totoro, o Princess Mononoke – Miyazaki jamás dejó que la elaborada animación se interpusiese en el camino de la historia. Miyazaki, como realizador, tenía y tiene, historias que cantar, tramas que desgranar a los ojos del espectador: la complejidad del argumento y la riqueza de la animación van de la mano.

En Avatar, Cameron usa un argumento endeble – una macarrónica e indirecta crítica al colonialismo – para envasar su producto. Pero el envase es de un plástico barato y obvio. Cameron, además, desperdicia la trama central del entramado de ciencia ficción: la confusión entre realidad y sueño que el protagonista, Jake Sully, sufre al transformarse en su propio avatar. El director pasa de explorar este ángulo, que por sí mismo hubiera valido la película: ¿quién vive en realidad, el que sueña, o el soñado?

Cameron no tiene tiempo para complejidades. Se ha gastado millones de dólares y quiere alzar otro Oscar, y sentirse tan lleno de sí mismo como cuando ganó la estatuilla por Titanic.

Pero Avatar es un mero videojuego, posiblemente mucho más válido como tal, que como producto cinematográfico.

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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