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Tres Poemas (Tardo) Invernales

TRENES I

El sudor gris de la mañana

ensucia con dedos largos y pegajosos

la ventana del tren.

En vano busco montes, senderos o bosques.

Este tren corre por la planicie

tosca, plana y parda del Medio Oeste.

Gris corre el tren hacia Springfield;

el paisaje se aleja de mí,

mis ojos miran hacia el cabús

mientras el tren corre hacia un futuro sin nombre.

Nos dice el conductor que el tren ha tenido que parar

                                                         inesperadamente.

Ha sido por un pasajero escandaloso

quizás un hombre asustado

por el torpor gris y pegajoso de la mañana.

Luego ha vuelto a parar cerca de Joliet,

dice el conductor joven y solícito,

rubio y avergonzado; incómodo

en su gorra azul y su camisa blanca.

Una mujer se ha sentido – dice –

sobre la vía del tren

y fuma, mirando fijamente

al relámpago gris que se acerca

a aplastarla.

Ha parado el tren;

no es buena política arrollar mujeres

sobre la vía,

aunque fumar esté tan mal visto.

El conductor joven e incómodo

y otros hombres más expertos

han hablado con la mujer;

                                    le han dicho

que este tren va alguna parte

y ella ya no va a ninguna.

MARZO

A la crueldad de abril

precede la agonía de marzo:

las mañanas quejumbrosas

del hielo que se quiebra y cae

de árboles y tejados,

de cornisas y chimeneas.

Marzo de pasados cansados sobre el lodo;

rechina el metal doblado y romo de una pala

que intenta en vano arrancar la costra de nieve.

La noche aún es larga,

la lengua húmeda y obscena del frío

registra ansiosas entre los pliegues de la ropa

y oprime huesos y cañerías.

¡Marzo es la nada!

Abril nos agita con su promesa de luz;

Febrero ha sido el dormitar

inquieto de la nieve y la penumbra.

Pero marzo es tortura,

es impaciencia del cuerpo entumido

serpiente que se estira ansiosa por mudar de piel.

Es alarido mudo de sótanos oscuros,

párpados que no pueden despegarse

en la pesadilla de una niebla espesa y terca;

olores que se agitan podridos a ras del suelo,

vapores de una infusión que no calienta,

llantos de loco al que se ignora,

llamada que nunca llega,

eco de pasos solitarios en una acera interminable.

Marzo tiene un día más, sólo por joder.

TRENES II

Dicen que por estas praderas

cabalgaba el indio y trotaban

las manadas interminables de bisontes.

Hoy este páramo me muestra

el reposo mudo de los silos de maíz,

la carrera desenfrenada de los eighteen wheelers

y el suave descenso de los aguiluchos

en busca de ardillas distraídas.

La tierra es parda y dura,

congelada por el hielo de febrero

y el derrame lodoso de marzo.

El pitido del tren adelanta la llegada

a un lugar que se llama Normal,

aunque nada haya de normal en el pueblo;

apenas un árbol raquítico sobre una loma pelona,

casas difusas en geometrías exactas

que se adivinan a la distancia;

leña abandonada y podrida

a orillas de estanques congelados.

Me inquieta contemplar un neumático gigantesco,

tal vez sea de algún tractor inmóvil

al lado de camionetas estacionadas

a las afueras de una fábrica.

¿Cómo llegó ahí? ¿Qué deshonesto gigante

empujó el neumático hasta es lugar,

sólo para provocar mi sobresalto?

Tres viajeros normales suben al tren

en la estación de Normal,

sus ropas pardas como la tierra inerte,

como las casas rectilíneas y exactas.

En toda esta larga procesión de vehículos,

granjas y campos de cultivo,

que veo por la ventana del tren,

son los únicos humanos que encuentro.

Algunos autos circulan por las calles de Normal;

pero parecen dirigidos a control remoto;

tal vez los mande el gigante,

aburrido de empujar neumáticos.

Pero no hay gente, nadie se asoma a las ventanas,

nadie abre una puerta o dobla una esquina,

o atisba el paso del tren.

Tal vez nadie viva en Normal.

Alguien, sin embargo, ha pintado grafitis

en los muros de los puentes que atravesamos;

alguien ha cortado leña y no ha tenido tiempo

de echarla a arder en la chimenea;

alguien trabajará esa tierra yaciente

para sacarle maíz y trigo;

y mirará el vuelo del aguilucho;

y pensará en poner un espantapájaros,

y recorrerá las lomas pelonas

en el tractor que algún gigante armó.

Alguien mira tras las cortinas,

curioso al oír el pitido del tren,

alguien habrá llegado tarde a la estación de Normal

mientras el tren ya viaja al sur.

MARZO 2010, CHICAGO

 

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

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