you're reading...
Literatura, Poesia, Uncategorized

ELOGIO DE LA OSCURIDAD

Pero los hombres amaron la oscuridad más que la luz

La luz del mundo brilla, ¡qué brille como quiera!

El mundo amará más su oscuridad.

Dudo mucho que cuando el mundo caiga al abismo,

no ame aún más su penumbra.

Richard Crashaw (trad. G. Cárdenas)

 

Dice mi esposa que una de mis características menos apreciables (no revelaré el tamaño de la lista) es mi insistencia en una absoluta oscuridad y silencio como preámbulos para poder dormir. Ella, que es hija de la Luz, lee, responde emails, o trabaja hasta pasada la medianoche, mientras yo me agito entre el sueño y la vigilia, incapaz de aislar ruidos y claridades.

            Sin embargo, es solo en el abrazo de la penumbra total y del silencio nocturno en que mi cuerpo puede aislarse y mi mente liberarse de la esclavitud de la lógica. Es solo en la oscuridad donde vuelvo a un estado primordial, donde soy parte de las sombras que me rodean, donde el otro despierta y recorre mundos incomprensibles o desconocidos para mí.

            El mundo de la luz es perverso y persistente. En otros tiempos bastaba apagar el fuego, soplar las velas, o apagar la luz, para sumir a una habitación en penumbras. Un cortinaje grueso era suficiente para ahogar las luces naturales o artificiales que pudiesen venir del exterior.

            Nada de eso sirve ya. La tecnología LED (siglas en inglés de diodo emisor de luz), que para mayor ironía nació el mismo año que yo (1962) es hoy el estándar en todo tipo de aparatos electrónicos. Sus demoniacos ojos que emiten luces en frecuencias de onda infrarroja y ultravioleta, nos acompañan todas las noches, velando nuestro sueño, o al menos eso queremos creer.

            Son inevitables: ahí están los ojillos rojos de mi reloj despertador; la intermitente luz roja que me avisa cada vez que recibo un email o texto en mi Blackberry; la luz verdosa de la pantalla del televisor cuando está apagada; la luz de un verde más intenso que emite la caja del cable, por encima de otra luz roja, la del DVD que indica que se encuentra en reposo; la luz ámbar del aparato de sonido; y eso sin contar la pavorosa luz blanca que emite el I-phone de mi esposa cuando entra un mensaje.

            Y todos esos ojos me miran, fríos, indiferentes, como los ojos ambarinos del leopardo listos para saltar sobre su presa. Ojos de humanoides surgidos de pesadillas de Harlan Ellison o Theodore Sturgeon, Terminators útiles y necesarios que por las noches emiten sus rayos letales para socavar los rincones de mi cerebro, convertir mis sueños en bits, y ocultarlos en algún archivo de memoria perdido y mohoso.

            Mi lógica se rebela: si todos esos aparatos están apagados, o desactivados, durante la noche ¿por qué hemos de seguir viendo sus lucecillas indecentes? No vamos a dormir mejor por el hecho de saber que, pese a su inactividad, aún funcionan. Pero su acción es independiente de nuestra conciencia moral. La máquina inteligente observa y analiza, con su ojillo de luz roja, ámbar, azul o verde, mientras tú duermes. Observa y aprende. Observa y analiza. Observa y espera el momento en que hayas bajado la guardia por última vez.

            Aún las mitologías más básicas coinciden en que la oscuridad fue primero. La luz vino después, para diferenciar la claridad de las sombras; para separar el día de la noche; para separar el mundo de lo concreto, de lo diurno, del mundo primordial, misterioso, y abstracto de lo nocturno.

            La obsesión por la luz nos ha hecho rodearnos de estos aparatos cuyos ojillos deben mantenerse abiertos y luminosos, como avisándonos que no tenemos derecho al aislamiento del sueño, al refugio de la sombra.

            Antes ansiaba que alguna inquietud del sueño me despertase justo a la “hora bruja”, la “hora del lobo” (como la bautizó Bergman), el espacio entre 3 y 4 de la madrugada, cuando la noche es más oscura, justo antes de la irrupción del alba, la hora en que campean demonios y fantasmas, cuando el enfermo agrava, y el agonizante muere. Ansiaba llegar a esa hora para sentir en mi interior la profundidad y totalidad de la noche. Para sentir, como escribió Luis Cernuda, que “Ahora el alma es oscura, / y los ojos no hallan/ Sino tiniebla en torno. / Es ésta la hora cierta/ para hablar de la vida, / la vida tan amada”.

            Hoy día, a las 3:00 am, si me despierto, encuentro frente a mí los ojillos rojos, los ojillos verdes, los rayos penetrantes e indiferentes, de los aparatos obscenos que transgreden al imperio de la noche.

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Archivos

Enter your email address to subscribe to this blog and receive notifications of new posts by email.

Únete a otros 619 seguidores

Gerry’s Tweets

mayo 2010
L M X J V S D
« Abr   Jun »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31  

Share This Blog

Bookmark and Share
A %d blogueros les gusta esto: