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Estados Unidos, Historia, Literatura, Uncategorized

Los Abandonados

Gerardo Cárdenas

 

La mansión, y sus espectaculares e intrincados jardines, plagados de estatuas grecorromanas, chinas, japonesas y de otros países asiáticos está, literalmente, en medio de la nada. Para llegar a ella hay que pasar de largo por Champaign, ciudad mediana del este de Illinois cuya fama se centra en ser sede de la Universidad de Illinois, y manejar un poco hacia el oeste, hasta un punto inesperado y mal señalado, donde se abandona la carretera y se continúa por un maizal.

 

Pasado el maizal y en medio de un denso bosque de maples, nogales y fresnos, está la mansión, construida en los años 20 del siglo XX. Mil 500 acres de construcción, en el centro de 12 mil acres de terreno, hoy en día propiedad de la Universidad de Illinois, que la usa como hotel y centro de conferencias para retiros empresariales. La mansión fue construida por Robert Allerton, un excéntrico multimillonario, heredero de una poderosa familia de Chicago, que se alejó de la ciudad para vivir en el campo porque él mismo era un abandonado, un ser rechazado, un exabrupto moral en la recia y gazmoña sociedad chicaguense de los años de la Prohibición y la mafia.

Me explico: Allerton era abiertamente homosexual, y su familia, de austeros y protestantes banqueros, lo ninguneó. Allerton decidió viajar por el mundo, en especial Extremo Oriente, la India y el Mediterráneo, y luego aislarse en su mansión, acompañado de su amante, John Gregg, a quien oficialmente adoptó.

Apasionado de las artes, Allerton rodeó su vida de conocimiento y belleza, poblando la mansión y sus complejos jardines de todo tipo de estatuas. A lo largo de su vida, fue patrono de las artes, donando incontables sumas e inclusive fungiendo como presidente honorario y miembro del patronato del Instituto de las Artes.

Pero nunca volvió a Chicago. Se dice que, por las noches de luna, salía a pasear por los jardines de su mansión, vestido de geisha. Cuando murió, en 1964, hizo que sus restos fueran incinerados, y las cenizas dispersadas en una isla volcánica del Pacífico. Aún así, cuentan que su fantasma recorre los pasillos y los jardines de la mansión. Yo, que dormí en la propia habitación de Mr. Allerton, testifico no haberlo visto, ni convertido en cenizas volcánicas, ni vestido de Madame Butterfly. Pero también soy de sueño pesado.

En 1986 murió John Gregg. Allerton donó los terrenos, la mansión, los jardines, y una inmensa biblioteca a la Universidad de Illinois.

A estas alturas, el lector ya ha adivinado que pasé un tiempo en la Mansión Allerton, como parte de un retiro de la empresa para que trabajo.

A los pocos minutos de haber entrado por primera vez en la mansión, me atrajo irremediablemente la biblioteca. Abrazados por sólidos libreros de roble, miles de libros me contemplaban. La biblioteca ocupa la mitad del salón principal, de puerta a puerta. Sólida, oscura, alta e inmensa. Y sola. Nadie más visita sus estantes, nadie más, sólo yo, recorre con sus dedos los lomos de los libros, leyendo con detenimiento los títulos y los nombres de los autores. Me basta un primer recorrido para saber que me encuentro ante un auténtico tesoro, y constato con desesperación que no hay escaleras para subir a los estantes más altos. Sólo puedo mirar, tocar y hojear aquello que está al alcance de mis manos.

 

Vuelvo varias veces a la biblioteca. En una de mis visitas, mis manos se topan con un pesado volumen empastado en rojo. Las palabras en español del lomo me llaman la atención. Es tal vez el único tomo en ese idioma: “Ángel Salcedo Ruiz. Historia de España (Resumen Crítico)/Manuel Ángel y Álvarez. Historia Gráfica de la Civilización Española”. Casi mil páginas, más de mil 700 grabados y 111 láminas. Sello de la Casa Editorial Saturnino Calleja Fernández de la Calle de Valencia, 28. Madrid. 1914.

 

El libro es una obra de arte; sus ilustraciones tan valiosas como el minucioso texto. Lo que me estremece es el casual encuentro del libro abandonado, y el bibliómano irredento, en mitad de la nada, en una mansión poblada por un triste fantasma que vistió su melancolía con kimonos. Si el azar nos rige, este es uno de sus momentos más dulces. Si ningún encuentro es casual, me vuelvo a maravillar ante las circunstancias de cada momento.

Acaricio las páginas, hojeo las ilustraciones. Leo algunos párrafos. Por la tarde, me encuentro con la administradora de la mansión. Esta cita no es azarosa. Sé que quiero preguntarle; y ella no puede adivinar las intenciones que cobran forma en mi mente. Me declaro maravillado por la mansión, y termino tomando el té con ella.

Es ella quien me cuenta sobre el fantasma y sus kimonos. Hablo de la biblioteca. Me dice que Allerton tenía, por lo menos, el doble de libros, pero que casi todos fueron donados a la Universidad. Lo que queda en la mansión son los libros que Allerton, y Gregg “no consideraron importantes”.

Hay, sin embargo –le digo—libros únicos en los oscuros estantes. Me encantaría consultar su catálogo –añado mientras doy un sorbo al té negro –. La mujer me mira, divertida. Quizás no entendí que estos libros no fueron considerados importantes por sus dueños. “Sería excelente tener un catálogo. Pero no lo hay. Nadie lo ha hecho”.

Regreso a la biblioteca. Mi deseo de tener el libro crece. Me fascina el detalle de las láminas: vestidos de mujer del siglo XVII, escenas del alzamiento madrileño contra los franceses el 2 de mayo de 1808 (yo viví a espaldas de la plaza donde fusilaron a varios insurrectos), las vestimentas de los visigodos entre los siglos V al VII, retratos de “españoles ilustres contemporáneos” (que incluyen a Pérez Galdós, Chueca y Pradilla), esculturas en marfil de los tiempos de la ocupación árabe. Etcétera.

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Mi moral – forjada por años de educación marista y jesuítica – choca con mis deseos. No sería la primera vez. Hubo otros libros, otras bibliotecas, otras ansiedades. Funcionaron la nocturnidad y el arrojo. No hay una cámara de vídeo, ningún mecanismo magnético. No hay catálogo, ni números, ni tarjetas. ¿Quién sabrá, quién se dará cuenta? ¿Quién te echará de menos?

Pienso en voz alta: “¿Cuántos saben de tu existencia? Tus autores y tu editor, que ya han muerto. Quien te trajo aquí, Robert Allerton. Tal vez su adorado John Gregg. Y yo, que puedo leerte en mi propia lengua, que conozco la historia que cuentas porque viví en la tierra de la que hablas. He venido de día, de tarde, y muy de noche a verte y nadie me molesta mientras deambulo por la biblioteca”.

Sentado en una impresionante silla de ébano, una silla china labrada con figuras de dragones, pienso: si tal vez el hombre del kimono me visita esta noche, lo vería como una señal de que no me he de llevar el libro. ¿Y si no viene? Me levanto y exploro otro rincón de la biblioteca, sólo para toparme de narices con las obras de Maurice Leblanc, el escritor francés, contemporáneo de Allerton, que creó al mítico ladrón Arsenio Lupin.

Lupin y yo, y el libro de la historia ilustrada de España, y el hombre del kimono que pasea a la luz de la luna bajo estatuas de centauros, faunos, y leones fu de la dinastía Han, en medio de un espeso bosque, al fondo de un maizal. Coincidencias, azares que confluyen, y un dilema.

Usted, que me lee ahora, ¿qué habría hecho?

 

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

Un comentario en “Los Abandonados

  1. Poderoso, Gerardo, gracias. Que maravilla de sitio.

    Publicado por Grant | octubre 21, 2010, 1:55 PM

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