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Illinois, Literatura

Bibliomanías, estilo Illinois

Soy un bibliómano. O un bibliófilo. No estoy seguro cuál de los dos. Mi enfermedad es conocida por muchos, tolerada por mi paciente esposa. Se sabe que es un peligro dejarme suelto en una feria de libros, o en una librería con dinero en efectivo o tarjetas de crédito en el bolsillo, y tiempo libre. Es igualmente peligroso soltarme en medio de lo que en México llamábamos, y se siguen llamando “librerías de viejo”, y acá en Estados Unidos “rare & used”.

Recientemente pasé por una de las librerías Border’s de Chicago que han recibido la orden de cierre de parte de sus cuarteles corporativos. En estos casos, la librería remata sus existencias a precios ridículos. Buena oportunidad para hacerse de algunos ejemplares que, de otra manera, uno pasaría por alto debido al precio. Así, me hice con un ejemplar de la edición abreviada de Gibbons sobre la decadencia y caída del Imperio Romano, más una copia de la vida de varios Césares, escrita por Suetonio. Romano andaba el asunto.

El problema fue recorrer esas estanterías medio vacías, en las que los libros, medio arrumbados, eran como perros o gatos feos, o físicamente defectuosos, que han quedado rezagados en los albergues de mascotas. No fue una visita gozosa, y me hizo sentir como el invitado a un funeral que sólo va por los canapés.

Pocos días después me encontraba en viaje de trabajo en Springfield (capital de Illinois). Muchas veces había pasado por una vieja tienda que parecía dilapidada, y daba la impresión de estar abandonada. Había notado las mesas colocadas a la entrada del local, llenas de libros viejos, dispuestos de cualquier manera. Pero la tienda siempre estaba cerrada. Abría solo de 10 a 5, y los domingos estaba cerrada. En viajes de trabajo, me era imposible visitarla en horas en que estuviese abierta.

Pero en esta ocasión llegue a Springfield en domingo, y con un par de horas disponibles, me paré frente a las puertas cerradas y comencé a revisar los libros. El nombre del local es “Prairie Archives Rare & Used Books”, ubicado en pleno centro de Springfield, frente al antiguo Capitolio estatal, del cual salió Abraham Lincoln para ser presidente de Estados Unidos.

El viejo Capitolio Estatal en Springfield, frente a la libreria Prairie Archives

Los libros, en efecto, eran usados y algunos muy viejos. Cada uno costaba entre 2 y 4 dólares. Y los dueños del local habían puesto un letrero para que los paseantes que tomaran algún libro fueran tan amables de depositar el correspondiente dinero en el buzón ubicado al lado de la puerta. Sencillez de pueblo pequeño, confianza en los vecinos. Tras rascar un poco encontré un ejemplar de 1926, titulado “La saga de Billy The Kid”, en razonable estado, y un buen tomo de la prosa breve completa de Samuel Beckett. Sin pensarlo mucho deposité cinco dólares en la ranura del buzón.

Al día siguiente volví, 15 minutos antes del cierre. Uno de los dueños me dejó entrar, y me dio tiempo suficiente para pasear con calma por los pasillos, estrechos por la proximidad de los libreros. Libreros viejos, desordenados, combos bajo el peso de los libros, amontonados unos sobre otros. Mesas llenas de todo tipo de volúmenes, mezclados con revistas viejas, viejísimas, del siglo XIX, y otras menos viejas, no por ellas menos interesantes.

No quise alargar mi estancia. Volveré otras veces a Springfield. Salí de la tienda con un curioso y pequeño ejemplar, de 1931, de algo titulado “La historia de los Borgia” de un tal Barón Corvo, y con un volumen de “As I lay dying” de Faulkner. Estuve tentado a llevarme la colección completa de una excelente traducción al inglés de “En busca del tiempo perdido” de Proust, pero no había posibilidad de ir comprando los volúmenes uno por uno, y no tenía más espacio en la maleta.

Conversé brevemente con el dueño, John Paul, y su socio cuyo nombre no recuerdo. No tuve tiempo de hacerles muchas preguntas. Sé, sin embargo, que se dedican al noble oficio de darle segunda vida a los libros usados y antiguos desde 1973, que tienen más de 250 mil libros, revistas y otros materiales impresos en existencia, y que también venden botones de campañas políticas y otros objetos.  

A la sombra del recuerdo de Abraham Lincoln, estos viejos libreros mantienen vivo el sueño de la lectura, y en su laberinto de madera y papel nos llevan, cual pacientes Morfeos, a nuestras propias ensoñaciones librescas. Es un sitio, eso sí, sólo para bibliómanos avezados y consuetudinarios.

Y en esta entrevista que encontré en You Tube, el propio John Paul relata la aventura.

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

6 comentarios en “Bibliomanías, estilo Illinois

  1. Imitando a mis gatos me paseo semi-oculto por los contados corredores de una librería clavada en un barrio espantoso: Wrigleyville. Perdonen la cuota de intolerancia, pero detesto el béisbol y el día de San Patricio, las dos cosas me recuerdan a O’Reilly. Y fue precisamente durante una celebración irlandesa que me topé con esta pequeña cueva, ubicada casi en la esquina de la Clark y la Sheffield.

    Distinguí de inmediato que el librero no era de esos eficientes desvalijadores que recorren esos suburbios donde los herederos iletrados pretenden deshacerse de los libros de sus padres muertos. Sabía lo que tenía. No pude creer que un pequeño librito de Novalis de apenas 30 páginas costara casi veinte dólares. Me pidió que intentara conseguir un libro de Novalis en cualquier sitio, deseándome suerte.

    Novalis es uno de esos maravillosos poetas que jamás he leído porque jamás pude conseguir ninguno de sus libros. Las traducciones son rarísimas y muy viejas. Toda cultura tiene una deuda o un pecado contra la belleza, que demanda pronta redención. Estados Unidos, tierra de extraordinarios traductores, prologuistas que parecen nacidos para tal oficio, no tiene una traducción completa de “Las memorias de ultratumba” de Chateaubriand, ni una colección de los poemas de Vigny, ni una mísera antología de Novalis que exceda las 100 páginas.

    Pero tiene ediciones antiguas muy bellas de escritores que son amados en otras partes más que en su propio país. El día triste en que tuve que sortear la algarabía de cientos de borrachos irlandeses, me encontré en aquella librería con uno de esos irlandeses que le dio gloria a las letras inglesas: William Hazlitt. Me prendí de un bello tomo de sus ensayos por la ridícula suma de 6 dólares. ¿Por qué no se lee en estos días a este amigo de Lamb, Stendhal y Johnson? Terry Eagleton, ese viejo salvaje y adorable, ha resucitado a Hazlitt en un reciente ensayo publicado en Harper’s.

    Hasta aquí con esta pequeña cueva donde también encontré las rarísimas memorias de Madame de Stael. Mi verdadero héroe es y será Humberto Gamboa, librero exquisito con quien hay que conversar para beneficiarse de la sabiduría que guarda, ilustrado en prácticamente todo, de ls literatura a las seriales televisivas, narrador oral que te cuenta las historias de su niñez como si fuesen novelas. El me trajo los libros de Margaritte Yourcenar y Ciorán. Con esos tomos me inicié de veras. Dos libros que tuve sobre mi cabecera por años fueron: “Breviario de podredumbre” y “¿Qué?… La eternidad”. Antes de leerlos, yo era otra persona, sin duda.

    Publicado por Marco | marzo 24, 2011, 8:55 PM
  2. Muchas gracias, Gerardo, por compartir la experiencia. Me trajiste memorias de cuando vivía en Chicago. Una vez encontré esta librería de libros viejos en el norte de la ciudad, en un sótano. Estuve horas revisando los altos estantes. Una de esas librerías con galerías muy estrechas entre paredes interminables de libros mal colocados. Salí con los dedos cubiertos de polvo gris, pero también con un premio en la mano: Una edición de principios del siglo pasado de Anatomía de la Melancolía, de Robert Burton.

    Publicado por Jorge Mota | marzo 26, 2011, 6:18 AM
  3. Un abrazo bloguero, estimado Gerardo. Que tu libro migre mucho también. Nos estamos visitando y leyendo.

    La Bibliofilia, un mal de bibliómanos que produce laberintos de Babel.

    Benjamín Anaya
    773 263 2280
    benja_anaya@yahoo.com

    Publicado por Benjamín Anaya | marzo 27, 2011, 9:19 AM

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