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Filosofia

El muro de la esperanza

En el siglo III A. C., el emperador Qin Shi Huang mandó construir lo que hoy en día conocemos como la Gran Muralla China con el fin de aislar a su imperio y protegerlo contra influencias, e invasiones, del exterior.

La Gran Muralla China

Los 57 metros que sobreviven del Templo de Jerusalén constituyen lo que se conoce como el Muro de las Lamentaciones. Dice la teología judía que quien ora ante el Muro lo ha hecho ante un trono de gloria, porque ahí se encuentran las puertas del cielo, y éstas sólo se abren para escuchar las plegarias.

Con otras intenciones, el 13 de agosto de 1961 las autoridades de la desaparecida República Democrática Alemana, bajo instrucciones del Kremlin, mandaron levantar el muro que partía a Berlín en dos. Los alemanes se tragaron la píldora hasta que la indigestión pudo con ellos: la imagen del Muro de Berlín, cayéndose progresivamente a martillazos (irónica metáfora nietzscheana), es la más representativa del final del siglo XX.

En la inmensa e ingobernable frontera entre México y Estados Unidos es tal el trasiego de personas, drogas y armas, que varias administraciones presidenciales estadounidenses y diversos legisladores han pedido, o soñado, con muros visibles y murallas virtuales de alta tecnología.

“Buenos muros hacen buenos vecinos”, dice el dicho angloamericano. Pero el poeta Robert Frost, ironizando sobre ese mismo dicho, escribió, “Algo tiene un muro para no quererlo”.

En el segundo siglo de nuestra era, el griego Diógenes de Enoanda, que era más filántropo que filósofo, levantó un muro en el cual mandó grabar los principios fundamentales de la filosofía epicúrea. Su muro fue erigido en Enoanda, villa de la región de Licia, en Asia Menor, en la actual provincia turca de Anatolia. No será coincidencia que de esa misma región surgió, en tiempos inmemoriales, el mito del monstruo Quimera.

No confundamos a Diógenes de Enoanda con Diógenes de Sinope, conocido como El Cínico, aquel que con una lámpara buscaba al hombre anti-platónico.  Muy poco, casi nada, sabemos del primero, excepto que era un patrón de las artes y que pudo haber invertido una fortuna en construir el muro, que ascendía a lo largo de una escalera que estaba emplazada en camino a un teatro y, presumiblemente, al ágora pública. Se puede entonces deducir que Diógenes construyó el muro con la intención de que quienes caminaban hacia la plaza central del pueblo o acudiesen a una obra teatral se fijaran en, y leyeran, las inscripciones grabadas en su superficie. En su muro hay la esperanza del aprendizaje, pero también la urgencia del adoctrinamiento.

¿Por qué? La respuesta nos la quiere dar el filósofo francés Michel Onfray, quien dedica el primer volumen de su Contrahistoria de la filosofía, titulado Las sabidurías de la antigüedad (Anagrama, Barcelona, 2008), a contraponer el epicureísmo y el materialismo de Demócrito, al platonismo que prefigura al cristianismo. Epicuro planteó un mundo material, carnal, finito, donde alma y cuerpo son un mismo conjunto formado de átomos. Muerto el cuerpo, los átomos que le dieron vida se desintegran, vuelven a la naturaleza; el alma no sobrevive. Determinado por una sola y posible existencia, Epicuro pregonaba vivirla al máximo, en plenitud física, mental y creativa. Onfray detesta a Platón quien, al afirmar la trascendencia del alma, y al determinar criterios ideales, establece jerarquías morales que, combinadas siglos más tarde con el naciente cristianismo, marcan el rumbo de la filosofía occidental. Epicuro es tragado, ahogado, convertido, como otros filósofos que se opusieron a Platón, en meros pies de página, notas al calce, lejanos rumores.

Epicuro, filosofo griego

 

Epicuro vivió entre el siglo IV y el III A.C. Diógenes de Enoanda, que construye su muro más de 300 años después, es consciente de la dificultad de la tarea de rescatar a un filósofo cuya obra ya se traga el agujero sin fondo del tiempo. ¿Cuál es su prisa? Onfray nos pide que consideremos el entorno del griego radicado en Asia Menor: a su alrededor, los discípulos de Pablo de Tarso convierten a una rama extrema y rebelde del judaísmo en una nueva filosofía y religión que, mezclada con la filosofía platónica, ha de convertirse en el pulso y esencia del mundo romano. Es en esos años, y precisamente en Asia Menor, cuando se han escrito los evangelios, y cuando se componen otras epístolas y documentos que determinarán el corpus esencial del cristianismo. Aterrado, Diógenes de Enoanda levanta su muro, para que los caminantes lean, reflexionen, y no olviden a Epicuro y sus átomos.

No hay piedra que sobreviva al tiempo, y mucho menos a la acción humana. Nos lo dice Shelley en su inmortal poema Ozymandias. En el siglo III, la inestabilidad de la región obliga a fortificar las ciudades de Enoanda y Zorban. Para reforzar esos nuevos muros se usan las piedras que levantó Diógenes. Nada se sabrá de este muro de la esperanza hasta que es descubierto por una excavación británica en 1884. Ironía de la historia, el objetivo de Diógenes se cumple casi dos mil años después de emprendido: los restos del muro constituyen el documento más completo, más preciso, de la filosofía epicúrea, y que incluye lecciones sobre física, ética y epistemología, así como máximas y cartas del propio Epicuro, átomos que se negaron a perderse en la nada.

Los restos del muro de Diogenes

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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