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Literatura, Medio Oriente, Politica

Beatos, muertos, princesas y otras conspiraciones

Las noticias nos llegan en ráfaga, cual disparos de ametralladora en manos de algún enloquecido Navy Seal: ¡Se ha casado el Prince Charming con la princesa plebeya! ¡Han beatificado al viejito que ni se enteraba de lo que varios de sus colegas hacían con los monaguillos! ¡El presidente de la superpotencia del mundo mundial demuestra que nació como cualquier otro fulano: en pelotas y en un hospital, y que no es un androide de dudoso origen islámico! ¡Mataron al malo de la película, al que finalmente encontraron escondido en uno de los países aliados del bueno de la película! ¡Y los de la OTAN, cual Tiroloco McGraw, se han cargado al Gadafi equivocado! Ante todos estos acontecimientos, me escribía un amigo por Facebook, uno ha de dudar si este mundo es real.

O tal vez todo es una gigantesca conspiración judeo-masónica-jesuítica-comunista-sino-anarco-sindicalista.

Estábamos acostumbrados a noticias sencillas, directas, sin complicaciones: sube el euro, baja el dólar, aumenta el desempleo, y a Berlusconi le gustan las signorinas.

Pero las más recientes tormentas mediáticas son complicadas, obligan a pensar, a buscar contextos, a meditar explicaciones. ¿Quién tiene tiempo de eso, cuando apenas alcanza el día para twitear, retwitear, y mirar las fotos de la boda real en el I-Pad?

Quizás para entender esta realidad hay que acudir a la ficción, especialmente para entender o al menos vislumbrar el contexto de la noticia de esta semana: la operación militar que llevó a la localización y muerte de Osama bin Laden, la cabeza visible de Al Qaeda, el supuesto autor intelectual de los atentados del 11 de septiembre del 2001.

A ver si nos aclaramos: combatir al terrorismo islámico encabezado por Al Qaeda, incluyendo la misión de encontrar a bin Laden para matarlo o capturarlo y llevarlo a juicio, le ha tomado a Estados Unidos diez años, lo ha llevado a invadir Irak y Afganistán, desestabilizar tal vez de forma permanente a Pakistán, y asumir un costo de 55,000 bajas entre muertos y heridos, y eso sin contar el más de millón y medio de iraquíes y afganos muertos, a un precio al contribuyente superior al trillón de dólares.

Todo esto para descubrir que bin Laden no malvivía en una oscura y pestilente cueva afgana, sino en un cómodo complejo militarizado cerca de Islamabad, en Pakistán. Un grupo comando de los Navy Seal fue por bin Laden, lo mató, y en tan sólo horas tiró su cuerpo al mar, según esto para no violar la tradición musulmana de darle rápida sepultura a un cadáver.

Bin Laden: le dieron cran

Y con todo ello, generar toda una serie de teorías conspirativas: ¿Hay que creerle a Pakistan cuando dice que la CIA sabia sobre el edificio donde se escondia bin Laden desde 2009; y, de ser asi, por que espero la Casa Blanca hasta ahora para ordenar el ataque? ¿Por qué tirar el cuerpo al mar? ¿De verdad está muerto? ¿Y no es acaso una interesante coincidencia el que el presidente Barack Obama se apunte esta victoria cuando más necesitaba de un levantón de imagen, a justo año y medio de las próximas elecciones presidenciales?

Leo las noticias y no entiendo, y por eso me refugio en un excelente libro de Umberto Eco, donde entiendo que la realidad no es lo que veo, sino lo que me cuentan que estoy viendo. Eco ha logrado una novela excelente en El cementerio de Praga (Milán, 2010, publicada en español por Lumen), y que pese a estar ambientada en el París de finales del siglo XIX, nos muestra interesantes paralelismos con los inicios del siglo XXI.

Eco toma como escenario la Europa Occidental ubicada entre 1850 y 1900, un caldo de cultivo de las más alocadas conspiraciones, alimentadas por una complejísima realidad: la destrucción de los viejos imperios, y el surgimiento de los estados europeos modernos. En esa confusa escena campea su protagonista, el Capitán Simonini, un individuo odioso, racista y misógino, cuya vida consiste en tramar conspiraciones, falsificar documentos y esparcir rumores al sueldo que ofrezca el mejor postor: Francia, Prusia, la naciente Italia republicana.

La nueva novela de Umberto Eco

Esas conspiraciones suelen tener dos blancos principales: judíos y masones, dos de los objetos favoritos de los odios y obsesiones no sólo de Simonini, sino de casi toda Europa. El planteamiento de Eco es muy claro: así como en El nombre de la rosa nos hizo ver que el conocimiento se pudre cuando se le encierra en una torre, cuando se le cree incuestionable, cuando se estima que todas las preguntas han sido contestadas, en El cementerio de Praga nos plantea que el odio no es espontáneo, ni carente de contexto: es resultado de una prolongada acumulación de rencores. Dicho de otro modo, el Holocausto no fue un fenómeno en sí mismo, sino la consecuencia más brutal, final, de un odio que no dejó de alimentarse a lo largo de los siglos, y que requirió de millones de Simonini, a sueldo o simpatía de diversos poderes políticos y económicos.

Hoy, al inicio del siglo XXI, hemos hecho del Islam el objeto de ese odio. Y como en el caso de El cementerio de Praga, ese odio viene alimentándose desde hace siglos, cebado por las ideas que crean y circulan incontables Simonini.

Estos son los mismos Simonini que destacan el aspecto hollywoodense de la operación de cacería de bin Laden, para que no tengamos que pensar demasiado en estos dos problemas: el hecho de que el mundo no es más seguro porque hayan matado al jefe de Al Qaeda, y la obligatoria rendición de cuentas que la Casa Blanca debería presentar: ¿se justifica pasarle una cuenta de un trillón de dólares y 55,000 muertos y heridos a la ciudadanía, para matar a un fugitivo? ¿Ha sentado Obama un nuevo precedente al confirmar el asesinato de bin Laden? Y si Pakistán es el gran aliado de Washington en la “Guerra contra el Terrorismo”, entonces ¿cómo es que ni le avisaron al gobierno paquistaní sobre el operativo?

Pero dejemos de momento el partido con el marcador como estaba, Obama 1, Osama 0, porque si entramos en la discusión de las rendiciones de cuentas, entonces tenemos que entrar también en otros debates incómodos: como la sordidez del asunto del certificado de nacimiento del presidente Obama. Este sería un caso perfecto para el Capitán Simonini, cuya habilidad primordial era la falsificación de documentos oficiales. La duda es si, en el 2011, Simonini hubiese trabajado a sueldo de quienes niegan la validez del documento, o de quienes convencen a Obama que hay que producirlo a costa de lo que sea.

Y debemos preguntarnos también, ¿quiénes son los modernos Simonini que cuales topos perfumados de incienso trabajan en los sótanos vaticanos para que los olores de santidad de Juan Pablo II perfumen las montañas de estiércol dejadas por los casos de pedofilia eclesial, cuya resolución Karol Wojtyla hizo hasta lo imposible por prevenir?

El beatito: necesitaba lentes

Juan Pablo II va a pasar a la historia eclesial como el ciego más famoso desde Santa Lucía, porque ni vio la crisis provocada por los casos de pedofilia, ni la intolerancia de las autoridades vaticanas ante los reclamos de un mayor compromiso social y político de la iglesia con las situaciones de pobreza y subdesarrollo en África, Asia y América Latina, ni la intransigencia de sus cuadros con la necesidad de posturas realistas en materia de planificación familiar o participación de las mujeres en el clero.

Pero dejemos al beatito polaco haciendo sus milagros de película churrera de Marcelino Pan y Vino, porque tenemos que irnos corriendo a Inglaterra, donde un futuro rey ha tenido la ocurrencia de desposar a una plebeya, como si ya nadie se acordara del despelote que armaron Enrique VIII y Ana Bolena.

Enrique VIII y Ana Bolena: buen precedente

Al parecer, los Simonini que nos deleitaron con incontables conspiraciones en torno a la vida, drama y muerte de Lady Diana Spencer se han quedado con un palmo de narices, porque la nueva Princesa, Kate Middleclass, es de una biografía tan ramplona que no queda más remedio que creer que Guillermo de Gales, el Calvo Incipiente, se casó con ella por amor.

Yeah, right, como dicen por estos municipios.

A Kate Middleclass tal vez nadie le ha hecho notar, o ella prefiere ignorar, que los Windsor están más locos que una cabra, y que el día menos pensado la van a dejar colgada del tendedero a que se le sequen las penas bajo la pertinaz lluvia inglesa.

La princesa Kate: primeras labores "reales"

¡Qué semana, Capitán Simonini!

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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