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Estados Unidos, Historia, Inmigracion

Un pasito pa’lante, dos pasitos pa’trás

Nos llegan ya los calores, chubascos y tornados del verano, y encontramos a los Estados Unidos bailando un esquizofrénico chachachá migratorio: un pasito pa’lante, cuando no hace ni dos semanas que la legislatura estatal de Illinois aprobó una ley (llamada Dream Act) que permite a jóvenes indocumentados acceder a un fondo especial, alimentado con contribuciones privadas y no con dinero de los contribuyentes, para poder pagar colegiaturas universitarias.

Y dos pasitos pa’trás: los estados de Utah y Alabama han aprobado leyes tan restrictivas para los inmigrantes indocumentados, que hacen palidecer a la muy polémica SB1070 de Arizona. La ley de Utah, por lo pronto, está en una congeladora legal tras ser confrontada en corte.

La disparidad en el hecho de que mientras un estado como Illinois aprueba leyes que facilitan a los indocumentados el poder seguir viviendo en un determinado territorio, otros como Utah y Alabama aprueban leyes que les hace la vida imposible, es relativamente fácil de explicar.

Las leyes migratorias de Estados Unidos no han sido actualizadas desde 1986. Ha pasado un cuarto de siglo, y desde entonces el número de inmigrantes indocumentados se ha disparado a unos 11 millones.

Ante la falta de una reforma migratoria federal, a los estados no les queda otro remedio que legislar. Y según la coloratura y tendencias políticas de sus gobernadores y legislativos, actúan en consecuencia.

Hay estados como Illinois, Washington, Massachusetts o Nueva York que tradicionalmente adoptan posturas más liberales en torno a su población indocumentada; otros, como California, Arizona, Texas, Alabama, Georgia o Utah, optan por posiciones muy conservadoras.

Mientras no se dé una reforma migratoria a nivel federal, persistirán estas discrepancias.

El problema de fondo, a mi modo de ver, es otro.

El debate sobre la presencia de los indocumentados en Estados Unidos inevitablemente lleva al concepto de que este país fue fundado por inmigrantes. Tanto quienes apoyan una reforma migratoria, como quienes se oponen a la misma, lo utilizan. Los primeros, para justificar histórica y moralmente su exigencia de una reforma. Los segundos, para tratar de comparar desfavorablemente, por cuestiones morales y políticas, a los inmigrantes europeos del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, con los inmigrantes latinoamericanos (especialmente mexicanos), asiáticos y africanos de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI.

Inmigrantes, a principios del siglo XX, a su llegada a Ellis Island

Que sucesivas oleadas de inmigrantes han sido fundamentales para la construcción de Estados Unidos como nación es innegable. Recomiendo leer la copiosa y minuciosa Historia de Estados Unidos de Hugh Brogan (Londres, 2001, Penguin Books). Brogan relata cómo las oleadas de inmigrantes irlandeses, judíos, italianos y griegos de mediados del siglo XIX se enfrentaron al rechazo abierto de los ciudadanos de aquella época, que eran descendientes de inmigrantes ingleses, escoceses y alemanes. Con el tiempo, ese rechazo se fue transfiriendo a los inmigrantes chinos, mexicanos, polacos, vietnamitas, etcétera.

Siguiendo la línea histórica que traza Brogan me parece evidente que la condición de inmigrante, transitoria como es, no confiere a sucesivas generaciones una mayor comprensión, simpatía o solidaridad con sucesivas oleadas y generaciones de inmigrantes. El punto central, aquí, es la asimilación cultural: ¿qué tanto de ella borra de la conciencia histórica del estadounidense la noción de su pasado inmigrante, y lo lleva a adoptar una actitud hostil hacia el inmigrante?

Agreguemos al espeso caldo la cuestión racial y étnica (fue más fácil la asimilación para los inmigrantes europeos blancos), y la religiosa (los inmigrantes irlandeses, italianos y polacos, en tanto que católicos, sufrieron el rechazo de los descendientes de ingleses, alemanes y holandeses de fe protestante; hoy en día, el rechazo se traslada hacia los inmigrantes provenientes de países de fe islámica).

Quienes crearon, negociaron, y aprobaron la ley del Dream Act en Illinois, son tan descendientes de inmigrantes, como quienes crearon, negociaron, y aprobaron las terriblemente restrictivas leyes en Alabama y Utah. Pero la asimilación, sumada a las cuestiones políticas, raciales, étnicas y demás les llevan a lecturas diferentes del problema. Ciertamente ayuda a la causa pro inmigrante el que en Illinois haya una población más diversa, inclusive en su legislatura estatal. Pero a nivel de la población general, los motores de determinados comportamientos responden a ese complejo proceso de asimilación que, creo yo, no ha sido estudiado suficientemente.

Cierro con una profunda ironía histórica, surgida también de la lectura del libro de Brogan: Hasta 1847, Utah era parte de la Alta California (y por ende, territorio mexicano). En ese año, llegan al territorio semidesértico y a su gigantesco lago salado, miles de mormones que huían de la persecución religiosa a que habían sido sometidos en Illinois y Missouri. En 1848, el tratado de Guadalupe-Hidalgo cede la Alta California a los Estados Unidos y Utah se convierte en territorio (y en 1896, en estado).

Brigham Young, lider mormon, inmigrante indocumentado

Los mormones siguen siendo la población mayoritaria de Utah, y su grupo más influyente en lo político, religioso y cultural. En marzo la legislatura de Utah, cuyos mormones fueron inmigrantes y víctimas de la persecución religiosa, y quienes migraron hacia territorio que en ese entonces pertenecía a otro país, aprobó un paquete legislativo que crea toda una serie de obstáculos para los inmigrantes indocumentados ya residentes en ese estado, y que sus autores buscan presentar como un modelo para una reforma migratoria federal.

Un pasito pa’lante, dos pasitos pa’trás. Chachachá.

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

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