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Literatura

El ciego al final del laberinto

Para Jorge F. Hernández

El día que Jorge Luis Borges cerró para siempre su biblioteca y se nos fue al mundo desquiciado de Uqbar a jugar al truco, y a matear con gauchos, minotauros y tigres, el mundo en el que yo vivía pasaba por la narcolepsia del mundial de fútbol. Apenas tuve tiempo para reflexionar en la noticia que nos llegaba desde Ginebra, porque al día siguiente México se jugaba la vida ante Bulgaria.

Pasado un cuarto de siglo de su muerte, Borges es una presencia viva en mis lecturas y reflexiones. Como escritor que acaba de publicar su primer libro de relatos, no pretendo que ninguno de ellos haya sido inspirado por la obra de Borges. Quizás es todo lo contrario: he pasado muchos años de mi vida manteniendo la mayor distancia posible con relación a sus cuentos, poemas y ensayos.

Leí por primera vez a Borges en 1980, en la transición entre la preparatoria y la universidad. Ya para entonces había empezado a leer a Vargas Llosa, Rulfo y García Márquez. Cayó en mis manos El Aleph, no sé cómo (tal vez misteriosamente, como la moneda llamada zahir llegó a la palma de Borges), y sacudió para siempre mis rudimentarios conocimientos sobre literatura. No caí en cuenta de que El Aleph se había escrito 30 años atrás, en un mundo que se lamía las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Borges me hablaba a mí, en mi mundo, en mi momento, en mi contexto, y me llenaba la cabeza de historias mágicas, maravillosas, insondables.

Historias que yo nunca podría escribir.

Mientras más leía su obra, mayor era mi fascinación. Y mi terror. Me parecía evidente que ningún escritor podía alcanzar las alturas en las que habitaba Borges. Y eso me incluía a mí. Creo haber leído, en tres o cuatro años, todo lo que escribió Borges. Las páginas ya amarillentas, cien veces subrayadas y anotadas, de sus libros no me dejarán mentir. En ese periodo escribí dos cuentos, ambos deplorables. Movido por alguna compulsión masoquista le mostré uno de ellos a un buen amigo, quien me dio una opinión sincera y bien intencionada: “me parece que simplemente estás tratando de imitar a Borges”.

No volví a escribir, por un largo tiempo.

Clarifico: no escribo este texto para exorcizarme de la literatura de Borges. Ese proceso ya se cumplió, resultado probablemente de la madurez personal, de la lectura de muchos otros autores, y del hallazgo de mi propia voz narrativa. A algunos les llega a los 15 años, a mí me llegó pasados los 40.

Pero sería ingrato e hipócrita si no reconociese la importancia que la obra del bibliotecario ciego tuvo en mi formación como lector, antes inclusive que como escritor.

No soy un buen juez de poesía, me sería difícil identificar algún poema de Borges como especialmente influyente sobre mi persona o mis lecturas. En materia de sus ensayos, me quedo con Otras inquisiciones, aunque cada quien tendrá su favorito.

Son muchos los cuentos que he vuelto a leer, y seguiré leyendo. De mis preferidos, relatos como Emma Zunz, El Evangelio según Marcos, El encuentro, o El inmortal. Aunque el que sobresale por encima de todos, el que considero como su cuento perfecto, y que quizás es uno de sus menos conocidos, o de los menos celebrados, es La espera, uno de los 17 relatos que integran El Aleph. El argumento es simple, minimalista: Alejandro Villari, un matón, se refugia en una casa de un barrio anónimo, a sabiendas que tarde o temprano han de encontrarlo y matarlo. En su vida de cautivo silencioso y pesimista, se introducen dos elementos puramente borgesianos: un perro viejo, última compañía de Villari, y un tomo de la Divina Comedia, que funciona como reflejo irónico de la vida del protagonista. En apenas tres páginas, Borges dibujó una escena perfecta, redonda, atemporal, donde los hechos son meros pretextos en un laberinto de sueños, fantasías y senderos entretejidos.

Ahogado bajo el peso de la obra borgesiana, recorrí mi propio laberinto de lector y escritor, hasta encontrar la salida al tirar del hilo como Teseo. Al final del laberinto no se encontraba Ariadna, sino un mago ciego que me imaginó en un resquicio de su Aleph.

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

2 comentarios en “El ciego al final del laberinto

  1. Gracias, Gerardo. Muy sentido tu artículo y muy poético también. Borges siempre será Borges, Terminó ciego pero nos dio una prometeica luz a todos los apasionados de la literatura. El Aleph fue para mí el caleidoscopio que me mostró las infinitas posibilidades que tiene la literatura para redimirnos de cualquier ceguera y pobreza espiritual. Felicidades y gracias por tu sincero y sentido texto.

    Publicado por Jorge García de la Fe | junio 21, 2011, 8:20 PM

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