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Mexico, Violencia

Momentos de rabia

Dudaba esta mañana cuál sería el tema que escogería para mi blog. Estaba entre meterme a un análisis de la crisis financiera en Estados Unidos y su posible impacto sobre las elecciones del 2012; una reflexión sobre el perfil publicado por la revista The New Yorker sobre la pre-candidata presidencial republicana Michelle Bachman; o inclusive una reseña sobre el inquietante estudio escrito por Cristina Rivera Garza “La Castañeda: Narrativas dolientes desde el Manicomio General. México, 1910-1930”.

De mis elucubraciones me sacaron un par de noticias que me llenaron de rabia y de tristeza. Muy diferentes entre sí, ambas hablan del altísimo costo que México sigue pagando por la violencia, de la rabia y la impotencia ante el clima de inseguridad e impunidad; de la irresponsabilidad de fuerzas políticas preocupadas únicamente por garantizar su sitio en el poder.

En extremos opuestos de la noche, campea la violencia. Cerca de Cuernavaca, al filo de la medianoche entre miércoles y jueves, un grupo de desconocidos abrió fuego contra un vehículo y en el tiroteo murió el ex futbolista internacional Ignacio Flores.

En la ciudad de México, en horas de la madrugada del jueves, hombres fuertemente armados, vestidos de negro, irrumpen por la fuerza en el domicilio del poeta Efraín Bartolomé, amagan a él y a su esposa, en total impunidad y con altanería y prepotencia les interrogan y ponen el hogar de cabeza, y sin media más explicación, justificación o disculpa, se largan por donde vinieron.

Una versión radiofónica aclara, horas después, que los supuestos policías de la PFP entraron en casa de Bartolomé, sin causa justificada u orden judicial, porque confundieron un vehículo suyo con otro que les parecía sospechoso.

Tal vez desde la comodidad de mi refugio en Chicago se me haga fácil hablar de estos temas, y sea ya demasiado incauto e ingenuo como para entender el costo de vivir en un clima de violencia. Sé que estos “incidentes” se repiten todos los días, y que sus víctimas cotidianas son anónimas, y no precisamente un conocido poeta, o un famoso ex futbolista.

Pero no creo que eso tenga tanto que ver, al final. Flores y Bartolomé fueron atacados desde el temible azar de la violencia irrestricta, sea esta ejercida por crimen organizado, o por las fuerzas que supuestamente lo combaten. Las balas que acabaron con Flores, los encapuchados que aterrorizaron a Bartolomé y a su esposa, perseguían objetivos X e Y. El terror y la violencia cosifican, objetivan a la víctima, le roban su calidad humana, la cercenan, la niegan. Nadie sabe quién atentó contra Flores, ni quiénes eran los agentes que irrumpieron en casa del poeta. Agentes de violencia, ellos también son anónimos.

Esta deshumanización es la que alimenta mi ira. México me duele por el clima de violencia y por la impunidad, pero es la deshumanización la que termina calando, la impotencia la que nos estruja.

Aunque ya he puesto el link a la carta que Efraín Bartolomé lanzó urbi et orbi a las pocas horas de ver la paz e intimidad de su hogar vulneradas sin razón alguna, la reproduzco en su totalidad más abajo, porque es fundamental que la leamos, que nos pongamos en sus zapatos, que entendamos lo que está pasando sin importar dónde estemos.

No hace mucho que Javier Sicilia dijo “estamos hasta la madre”. Tenemos más que nunca que alzar estas voces y actuar, antes que la violencia y la impunidad terminen por sumirnos en el silencio. Para que no nos quedemos solos, como clama Bartolomé.

Efraín Bartolomé

¿DE VERDAD ESTAMOS TAN SOLOS?

 Son las 4:43 de la mañana del día 11 de agosto de 2011. 

Hace aproximadamente dos horas un grupo de hombres armados irrumpieron en mi casa ubicada en Conkal 266 (esq. Becal), Col. Torres de Padierna, 14200, México, D. F.

Comenzamos a escuchar golpes violentos como contra una puerta metálica y me extrañó porque se escuchaba demasiado cerca y no hay ninguna puerta así en la casa.

Prendí la luz.

Los golpes arreciaban ahora como contra nuestras puertas de madera. 

Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces (¿verdosas? ¿azulosas? ¿intermitentes?) acompañando los golpes violentos contra el cristal que da al sur.

Mi mujer me gritó que me metiera.

Así lo hice apresuradamente y alcancé a poner la tranca de nuevo.

Oí cristales rompiéndose y pasos violentos hacia nuestra recámara: rápidos y fuertes.

“¡Abran la puerta!” era el grito que se repetía antes de que empezaran a golpear con violencia mayor nuestra puerta con tranca.

Nos encerramos en el baño y busqué a tientas un silbato que cuelga de un muro sin repellar: comencé a soplarlo con desesperación, unas diez veces, quizá.

Mi mujer está llamando a la policía.

Les dice que están entrando a la casa, que vengan pronto por favor, que nos auxilien.

Yo sigo soplando el silbato con desesperación.

En la oscuridad, mi mujer se ubicó tras de mí mientras oíamos que la tranca de la puerta se quebraba y los hombres entraban.

¿Tres, cuatro, cinco?

Quise cerrar la puerta del baño pero ya no alcancé a hacerlo. 

Empujé unas cajas hacia dicha puerta y en algo estorbó los empujones.

“¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta, hijos de la chingada…!” gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

Quise detener la puerta con mis manos pero no tenía sentido: vencieron mi mínima resistencia y entraron.

Policías vestidos de negro, con pasamontañas y lo que supongo que serían “rifles de alto poder”.

“¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Al suelo, hijos de la chingada! ¡Al suelo y no se muevan!”

Uno de los hombres me da un manazo en la cabeza y me tira los lentes.

Alcanzo a pescarlos antes de que toquen el suelo.

Me quita el silbato.

−¡No golpee a mi esposo! –grita mi mujer.

−¡El teléfono! ¡Déme el teléfono! –le responde y pregunta si no tenemos otro teléfono o un celular.

Ella y yo nos arrodillamos primero y después nos medio sentamos en el suelo de cemento de este baño sin terminar.

Policías jorobados y nocturnos, como en el romance de García Lorca.

Quién lo diría: aquí, en nuestra amada casa donde cultivamos y enseñamos la armonía.

Aquí… 

Justo aquí estos hombres de negro, con pasamontañas, con guantes, con rifles de asalto, con chalecos o chamaras que tienen inscritas las siglas blancas PFP, nos apuntan con sus armas a la cabeza.

Uno de ellos, siempre amenazante, nos interroga. 

Dos más permanecen en la puerta.

− ¡Las armas! ¡Dónde están las armas!

− Aquí no hay armas, señor, somos gente de trabajo.

− ¡A qué se dedica!”

−Soy psicoterapeuta y escribo libros.

−¿Desde cuándo vive aquí?

− Desde hace treinta años…

−Cómo se llama.

−Efraín Bartolomé.

−Cuántos años tiene.

−60.

−A qué se dedica.

−Ya se lo dije, señor, soy psicólogo y escribo libros.

−Usted cómo se llama… –se dirige a mi mujer.

−Guadalupe Belmontes de Bartolomé.

−A qué se dedica.

−Soy arqueóloga y ama de casa.

−Cuántos años tiene.

−54.

−Tranquilos. Respiren profundo… Voy a verificar los datos. 

El hombre sale.

Oigo ruidos en toda la casa.

Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera.

Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo.

Nos cambiamos de posición. 

Mi mujer pone algo sobre el frío piso de cemento. 

Cinco o siete minutos después regresa el hombre y repite su interrogatorio.

Si recibimos gente en la casa, con qué frecuencia, cada cuánto salimos de viaje, quién cuida entonces.

Respondemos a todo brevemente.

Dice nuevamente que va a verificar los datos y que volverá a decirnos porqué están aquí.

El tiempo pasa. 

Oímos que abren nuestro carro en el garage.

Voces ininteligibles en el patio del norte.

Más tiempo.

Varios minutos después se oyen motores que se prenden y carros que arrancan.

Mi mujer y yo seguimos en la oscuridad. 

Comenzamos a movernos.

Sólo silencio.

Nos incorporamos con cierto temor.

Salimos del baño hacia la recámara iluminada.

Desorden. 

Cajones abiertos. 

Cosas volcadas en el buró.

La chapa de la puerta en el suelo.

Restos de la tranca destrozada.

La puerta de tambor machacada y rota, pandeada en su parte media.

Salimos al pasillo: un cuadro en el suelo y abiertas las puertas de lo que fueron las recámaras de mis hijos.

Desorden en el interior: maletas y cajas abiertas, cajones vaciados.

Vamos hacia el comedor: uno de los vidrios roto en su ángulo inferior izquierdo, muchos cristales en el piso.

La puerta de la sala está rota de la misma forma en que rompieron la de nuestra recámara: la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso.

Está abierta la puerta de la torre y prendidas las luces del cuarto de huéspedes.

Salimos por la puerta de la sala y nos asomamos con cierto temor.

Nada.

Mi mujer llama por segunda vez a la policía.

Es en vano: piden los datos una vez más.

Dicen que ya enviaron una unidad.

Llego a la barda y me asomo: no hay carros.

El portón del garage está intacto.

Bajamos las escaleras hasta la puerta de acceso: rota igual que las de adentro.

El estudio de abajo está con las luces prendidas.

De por sí desordenado, ahora lo está más.

Vamos hacia la torre y entramos al cuarto de huéspedes: cajones volcados, revistas en el suelo, cosas sobre la mesa, puertas del clóset colgando, zafadas de su riel inferior.

Subo al tercer piso: una esculturita de alambre volcada pero no se nota demasiado desorden.

Subo a los pisos superiores: no hay daño en la salita de arte.

En el último piso dejaron abierta la puerta a la terraza.

Volvemos al interior: queremos tomar fotos pero no está la cámara de mi mujer que estaba sobre el buró.

“¡Tampoco está la memoria de mi computadora!”, grita.

También se la llevaron

Quiero ver la hora y voy al buró por mi reloj: ha desaparecido mi querido Omega Speedmaster Professional que me acompañó por casi cuarenta años.

Tiene mi nombre grabado en la parte posterior: Efraín Bartolomé.

Oímos que un auto se estaciona y nos asomamos.

Mi mujer llama una vez más a la policía: lo mismo.

Ya tienen los datos pero nunca enviaron apoyo.

Indefensión.

Del auto blanco baja un joven y avanza hacia la esquina.

Se asoma y regresa.

Lo saludo y responde.

Le preguntamos qué pasa y responde que viene en atención a una llamada de su amiga que vive a la vuelta y a cuya casa también se metieron.

Mi mujer pregunta de qué familia se trata, cómo se apellida.

Magaña, responde el joven.

¡Es Paty!, dice mi mujer. 

Salimos a la calle y voy hacia allá.

Encontramos a Patricia Magaña, bióloga, investigadora universitaria, acompañada de su papá, en la calle.

Entraron a ambas casas la de ella y la de sus padres, con la misma violencia que a la nuestra.

Patricia y su hija estaban solas.

Sus padres octogenarios también estaban solos.

Volvemos a nuestra casa vejada y con la puerta rota.

Atranco la destruida puerta de la calle.

Con todo, mantenemos una sorprendente calma.

“Pudieron habernos matado”, dice mi mujer.

Yo imagino por unos segundos nuestros cuerpos ensangrentados en el baño en desorden.

¿Sabe el presidente Calderón esto que pasa en las casas de la ciudad?

¿Lo sabe Marcelo Ebrard?

¿Lo sabe el procurador Mancera?

¿Ordenan Maricela Morales o Genaro García Luna estos operativos?

¿Sabrán quién fue el encargado de este acto en contra de inocentes? 

Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes.

Un día después, en la atroz madrugada, la PFP irrumpe violentamente en nuestra casa, quiebra nuestras puertas, destruye los cristales, hurga sin respeto en nuestra más íntima propiedad, nos amenaza con armas poderosas a mi bella mujer y a mí, a la edad que tenemos…

Y pensar que también son humanos los que hacen esto contra su prójimo.

Subo al estudio a escribir esto.

Allá, abajo, la ciudad parece embellecida por la calma.

Arriba la impasible Luna de agosto, casi llena.

Son ya las 6:35 de la mañana.

La luz de oriente comienza a colorear y a inflamar el horizonte.

La policía nunca llegó.

¿De verdad estamos tan solos?

 

 

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

Comentarios

5 comentarios en “Momentos de rabia

  1. Triste y vergonzoso…

    Publicado por marta | agosto 11, 2011, 2:40 PM
  2. Que horror de verdad.. The horror, the horror….

    Publicado por MLP | agosto 11, 2011, 4:04 PM
  3. Qué bueno que te decidiste por este tema y no por la crisis estadounidense; sencillamente por que en esa crisis están puestos todos los ojos (y plumas) del planeta, pero en nuestra crisis social y sangrienta, sólo los de Dios.

    Publicado por Zazil | agosto 11, 2011, 4:12 PM
  4. Lo lamento inmensamente y me preocupa la espiral en que está girando nuestro querido México país hermano. Y sabes que lo comprendo, entiendo y duele, como colombiano en exilio voluntario de un pais al que la violencia política, la corrupción, la guerilla, el militarismo, el narcotráfico y otras fuerzas “oscuras” han desgarrado en los últimos 40 años. México mi querido Gerry, vive desde los años cuando nuestras vidas se cruzaron en Europa, una violencia parecida que -como dicen ustedes los manitos- ahora si “se salió de madre”. Pero es que está fuera desde el principio, cuando no hay puntos medios, no hay autoridad justa y firme, se pierde la convivencia y la civilidad, y el temor y el silencio acompañan una sociedad, mientras la impunidad campea y la ley del oeste, del revólver, se impone. En mi Colombia han caído futbolistas, ciclistas, boxeadores, políticos, sacerdotes, intelectuales, candidatos presidenciales, campesinos, periodistas, escritores, activistas de derechos humanos, y por supuesto gente corriente. La película parece ser la misma en México. E historias paralelas o próximas han ocurrido en Centroamérica, en Perú, en Brasil y el sur del continente. Mi deseo y esperanza es que nuestras sociedades se fortalezcan recuperando los valores y la justicia, la solidaridad, el respeto al otro, a la ley y a las instituciones y que estas a su vez nos respeten. Si nuestras sociedades crecen sólidas y en equilibrio, y logran erradicar esa cúltura de la fuerza, de la amenaza y del atropello, nuestra latinoamérica podrá aspirar a mejores días. Mi temor es que todavía faltan muchos muertos, varias generaciones y otros 100 años de soledad. Dios quiera que sean infundados.

    Publicado por Juan Carlos Rincón | agosto 11, 2011, 5:17 PM

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