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Estados Unidos, Politica

Pena de muerte: no vale la pena

Cuatro reflexiones

 I

Condado de Butts, Georgia, otoño de 2011

 

Pena de muerte: innecesaria e injusta

El 21 de septiembre, el estado de Georgia ejecutó a Troy Davis con una inyección letal. De nada sirvieron cuatro intervenciones de la Suprema Corte, y muchas más de varias cortes de apelación. Tampoco tuvieron efecto evidencias y circunstancias surgidas veinte años después de que Davis fuera procesado y condenado por asesinato. Entre esas circunstancias, está el cambio en el testimonio de siete testigos. Completamente irrelevante fueron las peticiones, demandas, exigencias, de millones de personas y de figuras públicas estadounidenses y de otros países. Cuando un estado de la Unión Americana se decide a ejecutar, nada le mueve, nada le convence.

Wikipedia tiene un buen resumen fáctico del caso. Davis es el rostro más reciente en la larga lista de condenados cuyos casos de pena capital estaban plagados de irregularidades. No estoy aquí ni siquiera cuestionando la culpabilidad o inocencia de Davis. Cuestiono la brutalidad de un sistema que, ante la evidencia de errores, se encierra en la ignorancia y la arrogancia, y en el obsceno placer de la matanza.

Troy Davis - ejecutado en Georgia

“A lo largo y ancho del país, el proceso legal de la pena de muerte ha demostrado ser discriminatorio, injusto, e incapaz de ser reparado”, indicó el diario The New York Times en su editorial del mismo día de la ejecución.

Apuntaba el New York Times otro hecho fundamental para entender la cadena de circunstancias que ponen a los individuos en el camino inescapable de la pena capital: la policía hizo un pésimo trabajo en la reconstrucción del asesinato del que fue inculpado, y manipuló a los testigos para que Davis fuese inculpado. No lo dice el Times, pero queda implícito en las injusticias del sistema: la víctima de Davis, Mark MacPhail, era un policía. Y de raza blanca. Davis, que tenía antecedentes criminales, era negro. Y Georgia es Georgia.

Geografía es destino.

 II

Terre Haute, Indiana, verano de 2001

En la corta madrugada del verano septentrional, a la hora en que matan al méxico-americano Juan Raúl Garza ya ilumina el cielo un sol esplendoroso. Garza es culpable de tres asesinatos y varios cargos de tráfico de drogas, y es el segundo reo capital federal en ser ejecutado, el 19 de junio de 2001, desde 1963 (el primero, una semana antes, había sido Timothy McVeigh, el autor de los atentados de Oklahoma City; la camilla fue la misma para ambas ejecuciones).

Garza - ejecutado en Terre Haute

Nadie duda de su culpabilidad. Garza mismo, ante los testigos de su ejecución, entre los cuales hay familiares de sus víctimas, pide perdón “por toda la pena y dolor que he causado”. Luego suspira. Segundos después ya sube el narcótico por sus venas, al que luego seguirá la inyección letal.

Ahí, en el penal federal de Terre Haute, en la Indiana profunda, tierra del Ku Klux Klan, estoy cubriendo la ejecución de Garza, uno de unos cuantos reporteros que hemos tenido la suerte – decidida en efecto por azar – de asistir al acto, para luego contárselo a las decenas de colegas que esperan afuera, ansiosos por noticias de sangre fresca.

En el debate de la pena capital, se dice que la palabra clave es “closure”, un término de difícil traducción pero que nos remite a la idea de que, matando a aquel que mató a los tuyos, el sistema te da a ti la posibilidad de cerrar el círculo del dolor. Una vida por otra. Ojo por ojo. Se ha hecho justicia.

Esa madrugada, mientras el veneno va poniendo rígidas las extremidades de Garza, mientras sus ojos se quedan a media vela, busco en los ojos de los demás testigos el famoso “closure”. Encuentro rencor, miedo, repulsión. No creo que nadie se irá a su casa con un sentimiento de paz interior. Garza indudablemente merecía un castigo con todo el rigor de la ley por los crímenes que cometió. Terminar con su vida es tan absurdo, ciego, y estéril como cualquiera de aquéllos.

 III

Chicago, Illinois, otoño de 2011

 

Con frecuencia escucho, en el contexto de la guerra contra las drogas en México, voces que piden la instauración de la pena de muerte. Muchos de estos reclamos surgen de hartazgos, impotencias y desesperaciones, perfectamente comprensibles ante una guerra declarada por un gobierno débil y miope, carente de estrategia, y que ha resultado en la peor racha de violencia y muerte desde la Revolución.

El debate repunta en ciertos momentos, el más reciente de ellos con la muerte de decenas de inocentes, en su mayoría mujeres, cuando un casino de Monterrey fue atacado y quemado por un grupo de sicarios. El horror indescriptible, se suma a la desesperación ante la falta  de recursos políticos y jurídicos que garanticen la aplicación de la justicia en México. De ahí que muchos digan: al menos la pena de muerte disuadirá a los violentos.

No es el caso, y si algo hemos aprendido de los gravísimos defectos del sistema de pena capital en Estados Unidos es que mientras mayores imperfecciones tienen el sistema de impartición de justicia, mayores y más graves son los problemas de su expresión más extrema: la pena de muerte. Si en México el proceso de justicia es abismal, lo menos que podemos pensar es que la implantación de la pena de muerte se convierta en un cheque en blanco para que autoridades corruptas e ineficientes la apliquen de forma aún más discriminatoria que en Estados Unidos. Más que convertirse en un elemento disuasorio, en México la pena de muerte agravaría la pesadilla que viven sus ciudadanos.

No abrumo con cifras y datos. Para unas y otros, recomiendo entrar en la página creada por Amnistía Internacional sobre la pena de muerte. Baste pensar en estos dos temas: desde 1973,  cuando se restaura la pena capital en Estados Unidos, más de 130 reos de muerte han sido exonerados al encontrarse marcadas irregularidades y errores en sus casos. En 2003, el entonces gobernador de Illinois vació el pabellón de la muerte estatal, transfiriendo a sus convictos a penas de encarcelamiento de por vida, luego de que cuatro reos de pena capital fueron hallados inocentes gracias a evidencias obtenidas mediantes pruebas de DNA. ¿Sin embargo, cuántos, en Illinois y en Estados Unidos, habrán sido ejecutados injustamente?

Protestas ante la ejecucion de Davis

 IV

 De Chicago a Georgia, otoño del 2011-09-28

 Troy Davis

 Muere un hombre en Georgia.

(Geografía es destino).

Acostado, inmóvil,

con el estómago vacío.

 

El sueño sube por sus venas,

sus ojos se cierran a medias

Un médico cuenta hasta cero;

Se llevan la camilla a otra parte.

 

Doce lo miran en silencio.

Alguien solloza.

La súbita rigidez del ejecutado.

No hay nada que hacer.

 

El día ha sido largo, el hambre arrecia.

No muy lejos un horno se da a la tarea;

Algunos lloran de rodillas

sobre el lodo de Georgia.

 

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

Un comentario en “Pena de muerte: no vale la pena

  1. It’s hard to find knowledgeable people on this topic, but you sound like you know what you’re talking about! Thanks

    Publicado por sinaisthimata | octubre 5, 2011, 5:45 PM

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