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Olimpiadas

De albatros, ardillas y relámpagos olímpicos

Yo no sé usted, pero yo echo de menos a la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos. Echo de menos esos atletas serios y de gesto adusto, distantes en sus uniformes rojos, técnicamente perfectos y rara vez dotados de una sonrisa o algún gesto de picardía. Echo de menos ese himno fastuoso, y me pierdo y distraigo buscándoles entre esa diáspora de kazakistanes, uzbekistanes, turkmenistanes y tantos tanes en que quedó dividida la piel del oso siberiano.

China es ahora el gran rival de la potencia estadounidense, pero no es lo mismo. Los chinos van a lo suyo y ganan tantas medallas o más que los anglosajones, pero no hay la misma rivalidad, el mismo encono, la misma sensación de que el orgullo de dos naciones enfrentadas está en juego.

No es lo mismo echar cuentas y cálculos de cuantos oros ganará cada Imperio, que esperar a ver si la gimnasta de Bielorrusia, el pertiguista de Uzbekistán, o el levantador de pesas de Kirguizia tienen suerte y se cuelan en el medallero.

Acúsenme de nostálgico y emisario del pasado.

A falta de una buena rivalidad de ominosos tonos nucleares, me tengo que concentrar en algunos atletas y buscar referencias y contextos que no me hagan caer en las exageraciones, simplificaciones y absurdos de los supuestamente expertos comentaristas deportivos.

Mi reto adicional es hacer esto desde Estados Unidos, donde la cadena NBC, que tiene la exclusividad de la retransmisión de los Juegos de Londres, alimenta el chauvinismo de un pueblo ya excesivamente admirador de su propio ombligo, concentrándose única y exclusivamente en los atletas nacionales.

Aun así, es evidente que en el nadador Michael Phelps y la gimnasta Gabby Douglas, ambos estadounidenses, han dominado la primera semana de la XXX Olimpiada.

Gabby Douglas: la ardilla voladora

Hay quien habla ya de Gabby Douglas como de una nueva Nadia Comaneci. No sé si es una comparación justa o exagerada: hasta los sistemas de calificación son distintos. Tiene sin embargo la pequeña y grácil Douglas la misma simpatía, el mismo dominio de su cuerpo y de sus emociones, que la Comaneci, y el mismo descaro, la misma explosividad y elasticidad que la rumana que enamoró al mundo en Montreal 76.

La diferencia no es el presente, sino el futuro. Comaneci creó un estilo, una escuela, y cambió la gimnasia olímpica para siempre. Douglas, que es heredera de ese estilo, apenas se subió al podio. No sabemos si ella constituirá un parteaguas, como si lo fue su antecesora. A la Ardilla Voladora le faltan aún muchas horas de vuelo. Es extraordinaria, eso sí.

Como extraordinario es Michael Phelps. Me resisto a llamarlo, como muchos ya lo hacen, el atleta más grande de la historia. No es lo mismo nadar, que saltar la pértiga, levantar pesas, correr la maratón, competir en decatlón, o hasta disputar el fútbol olímpico. Pero el Albatros, y su impresionante colección de medallas, es ya tan importante en la historia olímpica como en su momento lo fueron Jesse Owens, Comaneci, Carl Lewis o Mark Spitz.

Para mí el factor que confirma su grandeza es que, bajo fuerte presión de otros nadadores (el sudafricano LeClos, el francés Yannick Agnel, los japoneses, y hasta su propio compañero de equipo, Ryan Lochte), Phelps, que comenzó mal en estos Juegos, se fue creciendo y terminó imponiéndose.

Phelps: el albatros

Pasarán muchos Juegos, y quizás nunca aparezca alguien más que gane 20 o más medallas de oro, en la especialidad que sea.

Me queda una tercera criatura olímpica, que espera paciente su turno. Es el jamaiquino Usain Bolt, el Relámpago, actual poseedor del récord mundial en 100 metros planos con 9.59 segundos. Bolt está en el umbral de la historia deportiva si consigue repetir en Londres lo que logró en Beijing.

Para ello debe superar sus propias inconsistencias, e inclusive a su compañero de equipo Yohan Blake, quien ya le disputa la corona como el atleta más rápido de la Tierra.

Los velocistas no tienen mucha longevidad. Mi hija me preguntaba si algún día habrán bajado tanto las marcas olímpicas de tiempo, que ya no puedan romperlas más. Eso se pensaba de los 10 segundos en 100 metros, o de la milla de 3 minutos. En una Olimpiada rompes un récord, pero para la siguiente ya aparece alguien que corre más rápido que tú.

Usain Bolt: el relampago

Bolt tiene en sus manos, o para ser más exactos en sus larguísimas piernas, la historia de la segunda semana de Londres 2012.

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

Comentarios

Un comentario en “De albatros, ardillas y relámpagos olímpicos

  1. Reblogged this on paramus.

    Publicado por PARAMUS | agosto 8, 2012, 5:43 AM

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