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Cuba

Un cuchillo, una cuchara, un tenedor: historia de un reencuentro

Hay historias que tienen que ser contadas, especialmente aquellas que esperan largo tiempo en la incubadora y que de pronto nos saltan frente a los ojos.

Decía Albert Einstein que el azar no existe, porque Dios no juega a los dados. Acaso la más sorpresiva de las casualidades, el suceso aparentemente milagroso, no sea sino un postergado reencuentro de los seres y los objetos.

Gaston Bachelard escribió en La poética del espacio sobre la magia de los objetos cotidianos. Un armario, el cajón de un escritorio, un sótano, son espacios mágicos, cargados de recuerdos y símbolos. Borges escribió un cuento sobre dos cuchillos que esperaron pacientes, en una vitrina, por décadas, las manos de los dos hombres que finalmente habrían de enfrentarlos.

Esta es la historia de algunos objetos: en concreto, cuchillos, cucharas y tenedores, que esperaron 52 años para reunirse con sus dueños. En medio de esos 52 años hubo una revolución que partió por la mitad el alma de un pueblo, pero también las manos astutas de varias personas que hicieron posible un viaje que, aunque cubriría menos de 200 kilómetros, se prolongó seis décadas.

A petición de las dos personas que protagonizan la historia – junto con esos objetos viajeros – me reservo sus nombres, así como los nombres de quienes les ayudaron, y hasta los lugares involucrados. Me los reservo porque esas personas temen repercusiones. No tengo elementos para evaluar ese riesgo, y por ende me callo los nombres.

Baste decir que el país es Cuba.

En el verano de 1960, A y E, protagonistas de esta historia, se casaron en algún punto de Cuba. Como parte de su despedida de soltera, E recibió de sus mejores amigas un juego de cubiertos de plata: cuchillos, tenedores, cucharas y utensilios para servir, para seis personas.

Historia de un reencuentro

En el verano de 1960, la Revolución Cubana se había impuesto y comenzaba para millones de cubanos un periodo de decisiones extremadamente difíciles. Tanto quienes se quedaron, como quienes se fueron, sabían que sus decisiones partirían por la mitad familias e historias, tal vez de manera irrecuperable.

Cerca de dos millones de cubanos viven fuera de la isla. No hay cubano, en Miami, Madrid, Nueva York, Caracas, o donde sea, que no tenga un pariente en la isla, que no haya sufrido el desgarro de la separación, que no haya deseado que las cosas hubieran sido de otra manera.

Tal era el caso de A y E, que en ese verano tomaron la decisión que cambiaría sus vidas – para siempre, y para bien – de dejar Cuba para viajar a Estados Unidos y esperar que la Revolución fuese una cosa pasajera.

Con dolor, pero con esperanza, A y E dejaron atrás a padres, hermanos y amigos. Dejaron también atrás sus regalos de boda. Pacientes, mudos, los cubiertos de plata iniciaron una prolongada siesta en la vitrina del comedor de una hermana de E.

Pasaron los meses y los años, A y E tuvieron hijos, y luego nietos. También sus familiares en la isla. Lentamente, las familias comenzaron a reintegrarse, inevitablemente fuera de la isla. Una de las que más recientemente abandonó la isla fue la hermana de E a cuyo cuidado quedaron los cubiertos de plata. E inquirió con su hermana, y esta le prometió llevárselos al punto de Estados Unidos donde A y E viven.

Había un problema: el gobierno de Cuba prohíbe la extracción de propiedad de la isla, una ley que se remonta a la primera y multitudinaria diáspora, y que hizo que cientos de miles de cubanos empezaran nuevas vidas con la ropa que llevaban puesta, y poco más.

La astucia caribeña, – la astucia, y el amor de los amigos – logró lo que la ley proscribe. Un amigo de A y E se encontraba en Cuba en una misión humanitaria. El amigo, al que llamaremos L, se reunió con la hermana de E y el plan se fraguó. Cada miembro de la misión humanitaria recibió una pieza del juego: un cuchillo, una cuchara, un tenedor, un cucharón, un tenedor de ensalada. Uno por persona, y en la maleta. En la aduana, si se les preguntaba, dirían que eran regalos.

Ni en la aduana de salida de Cuba, ni en la de entrada a Estados Unidos se les preguntó por los objetos. Pasado el trámite aduanero, en pleno aeropuerto, el grupo volvió a reunirse con la hermana de E, para entregarle todos los cubiertos. Con excepción de una cucharilla de café, que está siendo buscada por mar y tierra, el juego de cubiertos había cruzado el mar, agazapada cada una de sus piezas en una maleta, y ahora estaban de nuevo en manos de quien lo había cuidado por más de medio siglo.

Instalada en su nuevo departamento, la hermana llamó a E y le hizo entrega, 52 años, 2,704 semanas, 19 mil días después, de uno de sus regalos de boda.

Esa noche, como cada noche, E cocinó y se reunió con A, su marido de toda la vida, el padre de sus cuatro hijos, para cenar y conversar, y cada bocado viajó de platos a bocas en los cubiertos que los habían esperado por medio siglo, a través del mar, más allá de las fronteras y las revoluciones. Y se miraron y sonrieron.

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

Un comentario en “Un cuchillo, una cuchara, un tenedor: historia de un reencuentro

  1. Gerardo, leeré tu página blog y más tarde luego haré mis comentarios. Felicitaciones a.guzman

    Publicado por Alberto Guzman | agosto 28, 2012, 6:51 AM

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