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Literatura

Correr es de cobardes (relato)

                                                                                                                                 A Nieves Márquez

No soy muy afecto a la práctica de correr. Entiendo que no hay beneficios reales para la salud, pese a lo que pregonan ansiosos los apóstoles del vientre plano, el deltoides bien torneado y el glúteo macizo. Sé de un tipo que inventó una dieta infalible, que debía acompañarse con un régimen constante de ejercicio. Murió por correr. Es verdad que corriendo se tropezó con la raíz de un árbol y al caer se fracturó el cráneo; eso no lo mató, sino el consiguiente infarto al miocardio, indudablemente a causa del susto.

Pero creo que me explico, que me entienden. Correr no es bueno para la salud.

Pese a ello corrí aquella maratón. La ciudad, el año y la competencia son lo de menos. Ahí estaba yo, en mis shorts azul cielo con bolitas naranjas, mis medias cortas arrolladas a mitad del tobillo, mi camiseta que fracasaba en ocultar los indisciplinados pelos de mis sobacos. Y corría; corría como el viento, marcando cada paso con firmeza, ejerciendo el balance perfecto de respiración, esfuerzo y sudor. Corría sabiendo que no podría ganar. Porque las maratones son cosa de kenianos y etíopes. Bajitos, menudos, espiritifláuticos, de perenne sonrisa bonachona, como si huir del hambre por la traicionera sabana te hiciese casi angélico. Incansables. Gregarios, se apelotonan hasta que se dispara alguno para encabezar el grupo: poco a poco van cansando a los otros. Por ahí hacen el intento los japoneses, los rusos, los italianos, los portugueses, y algún que otro brasileño, algún que otro mexicano. Pero van cayendo; y entonces la liebre de turno abandona, y su puesto lo ocupa otro, idéntico al anterior. Menudo. Espiritifláutico. Incansable. Angelical, con su carita de reportaje sobre la hambruna y su inglés incomprensible. Y se van deshojando uno tras otro, hasta que queda el último, el que llega a la meta, con los brazos abiertos y la sonrisa de esplendorosa calavera de las faldas del Kilimanjaro. Alguien lo abraza y lo cubre con una manta de papel estaño, brillosa, como envoltura de una barra de chocolate. Y le ponen los micrófonos en la cara; entre jadeos dice algo, asumimos que en inglés. Nadie entiende nada y le regalan unas rosas, y luego con el premio se comprará un Ferrari y alguna rubia tetona intentará infructuosamente engordarlo.

En aquella maratón, algo pasó. De pronto aceleré el paso y fui dejando atrás los pelotones de kenianos y etíopes. Fui dejando atrás a las liebres. Y de pronto no había nada ni nadie frente a mí, sólo la cercanía de la meta. Rechacé los botellines de agua. Solo escuchaba mi respiración, el fluir de mi sangre, el tras tras de mis naikis sobre el pavimento. No tenía calor, ni frío, ni cansancio. Miré hacia atrás. Ya no se veía a los kenianos. Alguien me dijo después que dejaron de sonreír. A cien metros de la meta, en vista de la distancia que había abierto con relación a  mis perseguidores, me dejé caer y decidí recorrer el resto del camino a gatas. Palmas y rodillas se adaptaron a mi ritmo de carrera, y en un abrir y cerrar de ojos tenía el listón de llegada a la vista. Malinterpreté el silencio de las multitudes. Pensé que era admiración, asombro, reprobación, incredulidad ante mi gesto. Créanme que no lo hice por molestar. Se me ocurrió.

Y hubiera funcionado, excepto por el turco. El silencio de la multitud era expectación: lo habían visto desde lejos, lo habían visto crecer con el paso de los segundos en su uniforme rojo y entallado, con la media luna en el pecho y la tozudez de Kemal Ataturk en la mirada, incólume ante toda alusión malintencionada a chipriotas, armenios y búlgaros. Yo tenía el listón a cinco metros, casi podía tocarlo, cuando por el rabillo del ojo vi al turco, que también avanzaba a gatas, rebasarme como una centella y romper el listón.

Así perdí mi manta de brilloso estaño, mi Ferrari y mi rubia tetona; mi ramo de rosas y mi oportunidad de decir algo en inglés incomprensible. Cuando crucé la meta y me desplomé, ya se habían largado todos con el turco en hombros y se aproximaba la horda de furiosos etíopes y kenianos, que parecían interesados en cruzar cuatro palabritas conmigo.

No pude ni decir la verdad: que el turco había hecho trampa porque llevaba rueditas en las rodillas.

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© Gerardo Cardenas

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

6 comentarios en “Correr es de cobardes (relato)

  1. como dice el clásico: “…que la vida es sueño / y los sueños, sueños son…” en mi caso, cuando mi primera y única carrera (5k en la carrera de Sport City de 2010) llegaba a la meta a 50 minutos de iniciada, escuché como me rebasaba un keniano que, como si nada, alcanzaba el triunfo en la competencia de 15k…

    Publicado por Juan-Humberto VITAL | marzo 26, 2013, 4:27 PM
  2. jajajajja!!! Muy bueno mi querido Editor!

    Publicado por Claudia Contreras | marzo 27, 2013, 3:28 AM

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