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Poesia

Martes de #poesía: Robert Hass (2)

Hace un par de semanas dediqué la entrega a poemas del estadounidense Robert Hass (San Francisco, 1941), específicamente los publicados en Time and materials: Poems 1997 – 2005 (Harper Collins, Nueva York, 2007), el libro que le mereció los premios National Book Award y Pulitzer.

Conforme más exploro la poesía de Hass, más me maravilla su capacidad como poeta narrativo, y la manera, a veces sutil e indirecta y a veces brutal, de despojarme de convenciones en la lectura, obligarme a la relectura, y dejarme sentado en el suelo de una soberbia patada en el plexo solar.

Comparto algunos poemas más, en mis propias traducciones.

Robert Hass

Robert Hass

 

Entonces el tiempo

 

En invierno, en una pequeña habitación, un hombre y una mujer

han estado haciendo el amor por horas. Exhaustos,

ocupados exprimiéndose los cuerpos,

se miran y de pronto ríen.

“¿Esto qué es?”, dice él. “No me canso de ti”,

dice ella, una mujer que se considera incapaz

de un cliché. Ella pasea los dedos por su pecho,

roces tentativos, como si pusiera a prueba su sorpresa.

Él dice: “yo tampoco”. Y ella, que vuelve a ser muy suya

de nuevo: “¿Quieres decir que tampoco te cansas de ti?”.

“Quiero decir”, la toma de los brazos y los sacude,

“¿de dónde viene todo esto”?. Ella ladea la cabeza

y lo mira al rostro. “¿De verdad quieres saber?”.

“Sí”, dice él. “Odio a mí misma”, dice, “nostalgia de Dios”.

Lo besa de nuevo. “No es lo que es”, se encoge de hombros con sorna,

“sino de dónde viene”. Besa su hinchada boca

una segunda, una tercera vez. Años más tarde, en otra ciudad,

están cenando en un discreto restaurante junto a un parque.

Otoño. Más temprano un chubasco: hojas, del color del bronce

y del carmesí ahumado, que vuelan por todas partes. Veinte años más viejos,

ella es muy hermosa. Una persona austera. Se había vuelto,

decía ella, una jardinera obsesiva, sus hijas ya eran adultas.

El trata de no verse rebasado por el amor o la compasión

porque nota que ella no tiene manos. Piensa

que igual las regaló. Se imagina,

muy claramente, cómo se despierta en ciertas mañanas

(él tiene recuerdos muy claros de cuando ella era joven, despertada

Del sueño, enrojecida, apenas abriendo sus ojos)

y se horroriza porque no puede recordar

qué hizo con ellas, por qué ya no las tiene,

y luego recuerda, y se tranquila, para que el día

recupere su secuencia acostumbrada.

Le pregunta si piensa en ella. “Ocasionalmente”,

dice, sonriendo. “¿Y tú?”. “No mucho”, contesta,

“Creo que es porque nunca existimos dentro del tiempo”.

Él estudia sus largos dedos, manos de pianista,

o de jardinera, fuertes, trabajadas, cuando ella juguetea

con su vaso de vino, y él entiende, vagamente,

que tal vez sean sus manos las que falten. Luego

describe una reunión en la que participó durante el día,

presidida por alguien al que ambos se habían sentido

superiores, muchos años antes. “Ya conoces la expresión:

‘un perfecto tonto’”, dijo ella y a él le gustó mucho su tono

de voz. Ella cuenta una historia sobre la empresa

en Maine a la que le compra bulbos, fundada por un refugiado polaco

casado con una separatista francocanadiense del Quebec.

Es una historia con muchos y sorprendentes giros y con un

lirio negro al final. Él la escucha,

estudia su rostro, considera sus palabras.

Llega a la conclusión que ella piensa con mucho mayor simbolismo

que él y que eso la habrá salvado,

para ser tan fatalista, de ciertos tipos de dolor.

Ella se sorprende pensando qué hombre tan literal es él,

nota, como en un recuerdo, su placer

por el menú, por la cocina, y por la arquitectura del lugar.

La conmueve –de la manera en que la más serias limitaciones

pueden ser conmovedoras, y la conmueve su atracción por él.

Y lo que él significaba para ella. Ella mira su propia avidez

que tenía entonces para vivir, o puede que su avidez por no haber

dejado de vivir, eso sería más preciso desde la distancia, de la manera que un chofer

puede ver dese la carretera a un asustado venado que corre a campo abierto bajo la lluvia.

Algo salvaje. Visto y no visto. La muerte lo hizo conmovedor, o,

si no fue precisamente la muerte, que ella consideraba ya

como criaturas que hormiguean en una pila de abono, entonces el tiempo.

 

 

Deriva y vapor (tenue rompiente)

 

“¿Cuánto daño hacemos,

haciendo el amor de esta manera, cuando apenas

nos toleramos?” –Yo te tolero. Eres de las pocas personas

que siempre tolero. –Bueno, sí, pero ya sabes a qué me refiero.

–Igual no. Creo que me tomo el sexo más a la ligera

Que tú. Creo que es un poco agotador

tratarlo como si fuera un jodido sacramento. –No es buen chiste.

–No mucho. (Ella lame pequeños rastros de sal seca

de la carne blanda de su brazo. Él sacude

arena de su seno). –Y me gustas. En general.

No creo que pueda esperarse que se despierte la imaginación de uno

por la misa persona todo el tiempo. (Arena, pequeñísimos guijarros,

que se pegan a la piel rosada, arrugada de su areola en la tibia brisa.

Los estudia, , bizcando, y luego chupa suavemente su pezón). –Mmmh.

–Estoy de mal humor. Realmente no estás aquí. Venimos

Como si estuviésemos abriendo una herida. –No hables por mí.

(Una joven mujer, con el delantal ocre de los empleados del hotel,

emerge de las dunas de hierba a la distancia. Lleva albas toallas

que ellos miran cómo coloca en una pila sobre una mesa

bajo una sombrilla hecha de frondas de palmera). –Mira,

sé que te duele. Creo que quieres que me sienta culpable, y no me siento.

–No quiero que te sientas culpable. –¿Qué quieres entonces?

–No sé. Cenar. (La mujer tararea algo, apeas escuchan trozos que

se elevan y descienden entre la brisa).

–Esa es la chica que perdió su bebé el interino pasado.

–¿Cómo sabes estas cosas? (Ella se pone la parte superior

del bañador).—Yo hablo con la gente. Hablé con la chica

que nos limpia la habitación. (El hace bizcos de nuevo

mirando a lo largo de la playa, sacude la cabeza.

–Pobrecilla. (Ella le besa el pómulo. Él se pone

los pantalones).

 

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

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