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Poesia

Martes de #poesía – Los sonidos de Kandinsky

Ignoraba que Kandinsky había escrito un libro de poemas. Entre 1909 y 1914, cuando Kandinsky vivía en Múnich y su obra daba el paso clave hacia lo abstracto, el artista escribió también una serie de poemas que la editorial Piper Verlag publicó como Klänge (Sonidos) en 1912. Esa edición contaba con sólo 345 ejemplares numerados, acompañados de varias ilustraciones que seguían un orden específico que luego se perdió.

La edición que conozco, que cayó en mis manos tras exhumarla de una librería de viejo en Chicago, es de 1981 publicada por Yale University Press, con traducción de Elizabeth R. Napier (Kandinsky publicó los poemas originalmente en alemán).

Sonidos, de Kandinsky

Sonidos, de Kandinsky

Sobre Klänge, el propio Kandinsky reflexiona, hacia 1938, que el libro “fue un cambio de instrumento. La paleta de un lado y la máquina de escribir en su lugar. Uso la palabra instrumento porque la fuerza que motiva mi trabajo permanece sin cambios, un ‘impulso interior’. Y es ese mismo impulso el que requiere un cambio frecuente de instrumento”.

No es casual el uso de la palabra “instrumento”, en efecto. Los poemas de Klänge son de una poderosa sonoridad musical. Kandinsky quiere significar algo a través de la resonancia de sus imágenes.

Klänge, hay que subrayarlo, causó furor entre los dadaístas, que consideraron el libro como un preámbulo a su movimiento. Kandinsky lo consideraba un álbum, y no un poemario en el sentido tradicional del término.

Hace poco nos juntamos varios en Poetry Foundation y leímos poemas del libro. Comparto los que me gustaron. La traducción la perdonarán, porque no la hice del original en alemán sino de la versión al inglés de Napier.

Fagot

 

Grandes casas de pronto se derrumban. Pequeñas casas que permanecen en pie. Una nube naranja, grande y gorda, con forma de huevo, se cierne de pronto sobre el pueblo. Parecía colgarse de la aguda punta larga y delgada de la torre del ayuntamiento e irradiaba violeta.

Un árbol, seco y desnudo extendía sus largas temblorosas y vacilantes ramas hacia el profundo cielo. Estaba muy negro, como un agujero en el papel blanco. Sus cuatro pequeñas hojas temblaron por largo rato. Pero no había señal del viento.

Pero cuando vino la tormenta y los edificios de espesos muros se desplomaron, las delgadas ramas no se movieron. Las pequeñas hojas se entiesaron: como si estuvieran forjadas en hierro. Una parvada de cuervos voló por el aire en línea recta sobre el pueblo.

Y de pronto todo estuvo de nuevo muy callado.

La nube naranja desapareció. El cielo se volvió de un azul profundo. El pueblo tan amarillo que te hacía llorar.

Y en medio de este silencio resuena un solo sonido: cascos de caballo. Y supieron que por las calles totalmente vacías un caballo blanco caminaba sólo. El sonido perduró por largo tiempo, un muy, muy largo tiempo. Así que nadie supo cuándo se acalló. ¿Quién sabe cuándo comienza el silencio?

A través de alargadas, extendidas, acaso inexpresivas, antipáticas notas de un fagot que sonaban lejos, muy lejos en lo profundo de la distante vacuidad, todo comenzó de pronto a tornarse verde. Primero escaso y un poco sucio. Luego más y más brillante, más y más frío, más y más venenoso, aún más brillante, más frío, más venenoso.

Los edificios se izaron altos y se estrecharon. Todos se inclinaron hacia un punto a la derecha, tal vez donde se encuentra la mañana.

Fue perceptible como una tendencia hacia la mañana.

Y el cielo, las casas, el pavimento y la gente que caminaba en el pavimento se volvieron más brillantes, más frías, más venenosamente verdes. La gente caminaba constantemente, continuamente, lentamente, siempre mirando hacia el frente. Y siempre sola.

Pero el árbol desnudo por su parte desarrolló una corona grande y abundante. Esta corona se ubicaba en lo más alto y tenía una forma compacta, como de salchicha, que se curvaba hacia arriba. La corona misma era tan escandalosamente amarilla que ningún alma la soportaba.

Fue bueno que ninguno de los que caminaban por debajo viera esa corona.

Sólo el fagot intentó describir el color. Se elevó más y más agudo, se volvió chillón y nasal en su estirada nota.

Qué bueno que el fagot no llegó a alcanzar esa nota.

 

Campana

 

Una vez en Weisskirchen un hombre dijo: “Nunca, nunca hago eso”.

Exactamente al mismo tiempo en Mühlhausen una mujer dijo: “Carne con rábanos”.

Ambos dijeron lo que dijeron, porque no había otra manera.

Tomo una pluma con mi mano y escribo con ella. No podría escribir con ella si estuviera hecha de tinta.

La gran bestia que tanto gozó de haber rumiado su comida fue derribada sin sentido por golpes de martillo al cráneo que sonaban rápidos, repetidos, huecos.

Se desplomó. Una apertura en su cuerpo hizo que la sangre corriera su curso. Una gran cantidad de espesa, pegajosa, apestosa sangre corrió por un tiempo interminable.

Con qué maravillosa destreza arrancaron el aterciopelado, caliente, espeso cuero que la cubría con patrones bellamente ornamentales de pelo café y blanco. Cuero arrancado y carne roja humeante y olorosa.

Tierra muy plana, que se va perdiendo en el horizonte.

A la izquierda y lejos, una pequeña arboleda de abedules. Aún muy jóvenes, de suaves y blancos troncos y ramas desnudas. Nada más que pardos campos, cuidadosamente arados en rectas filas. En medio de ese gigantesco círculo una pequeña aldea, sólo algunas casas blanquigrises. Justo en medio la torre de una iglesia. La pequeña campana es sacudida por una cuerda y canta: ding, ding, ding, ding, ding….

 

No

El hombre que saltaba me interesaba mucho. Me excitaba. En el suelo plano, duro y seco excavó una pequeña depresión muy redonda y saltaba sobre ella sin detenerse cada día entre las 4 y las 5.—Saltaban de un lado de la depresión al otro con un esfuerzo que lo hubiera podido impulsar sobre un agujero de tres metros de ancho. Y luego volvía a saltar.

Y luego volvía a saltar. ¡Y volvía saltar! ¡Y volvía! ¡Oh, de nuevo, y de nuevo! De nuevo, de nuevo. Oh, de nuevo, de nuevo, de nuevo. De nueevoooo … De nueeeevoooo …

Uno no debería ponerse a ver esas cosas.

Pero si ya estabas ahí, y por sólo una vez, solamente una pequeña vez, entonces sí… ¿cómo puede uno no mirarlo? ¿Cómo puedes no ir a verlo? ¿No ir? A veces es imposible alcanzar el no. Qué persona que viva ahora la segunda (y última) mitad de su vida sobre la tierra no lo sabe… ¡Todos lo saben! Y es por ello que una y otra vez tengo que ir a ver al hombre que salta. Y me excita. Me entristece. Me…

¡No vayan! ¡No lo miren! … ¡Nunca!…

…….

…….

…….

Ya pasan de las 3:30. Voy para allá. De otra manera llegaré tarde.

 

Kandinsky Photo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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