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Vórtice polar: ¿dónde está Stephen King cuando lo necesitas?

A 45 Celsius bajo cero (o -50 Fahrenheit), la exposición a la intemperie genera hipotermia en cuestión de minutos: el calor que emite el cuerpo se pierde velozmente, los vasos sanguíneos se contraen, comienzan los escalofríos y el caminar se vuelve torpe, tambaleante. Aún si creemos que pensamos y actuamos con normalidad, el cerebro se encuentra en un estado de confusión. Las extremidades expuestas al aire gélido se entumecen, se vuelven azules. El estupor, o la inconciencia, preceden a la muerte.

Durante 36 horas, la semana anterior, Chicago (como buena parte del llamado Medio Oeste de los Estados Unidos) estuvo bajo esas temperaturas debido a un inesperado vórtice polar. Se registraron las temperaturas más bajas en 50 años. Y la tierra estaba cubierta por más de medio metro de nieve. El vórtice es una especie de ciclón que normalmente se circunscribe a las zonas inmediatas a los dos polos terrestres, excepto que en enero de 2014 el ciclón boreal se salió de madre y se fue al sur, y por un par de días Chicago fue más frío que Siberia.

Chicago, congelado en enero

Chicago, congelado en enero

En estas circunstancias, uno palea arduamente un caminito hacia el garaje, y otro hacia la calle, para tener vías de escape. Pero en general, uno se encierra – el refrigerador previamente bien aprovisionado – y espera.

Nada se mueve en la ciudad. Nadie saca a los perros a pasear. Y la calle es un espectáculo de tarjeta postal que oculta el prospecto de una muerte espantosa.

Chicago o Siberia?

Chicago o Siberia?

Uno piensa que, bien dotados los anaqueles de libros y la DVR de películas, todo será cuestión de esperar a un pronóstico del tiempo más amable. Entonces falla la cafetera, se descompone el lavaplatos, se arruina uno de los radiadores de la calefacción.

El vórtice polar se cuela por cualquier rendija, no importa qué tan bien selladas se encuentren las dobles ventanas, qué tan bien aisladas estén las puertas.

Uno entiende a Stephen King.

En Estados Unidos llaman cabin fever al desquiciamiento provocado por el aislamiento físico. La idea es que, aislada en una remota cabaña sepultada bajo la nieve, la persona va poco a poco perdiendo la razón.

Jack Torrance, el cuidador del tenebroso Hotel Overlook, en una zona remota de las Rocallosas, se va deschavetando. Las incoherencias que escribe en una máquina de escribir son el elemento delator para su aterrada familia.

Siempre pensé que en El resplandor, King hablaba de las traiciones de la mente durante el proceso creativo. Hoy entiendo que hablaba de la dureza del invierno.

Por si las moscas, mi mujer ocultó toda arma punzocortante, desde el hacha que nos heredó el antiguo ocupante de la casa, hasta la menor de las hojas de afeitar. No vaya a ser el cabin fever.

Uno puede acabar de esta manera

Uno puede acabar de esta manera

La serendipia no tuvo pierde: en la noche más fría del vórtice una cadena de cable emitió, quizás sin intención, la versión cinematográfica de El resplandor que dirigió Kubrick. En el preciso momento en que Jack Nicholson asoma su cara de orate entre los restos de la puerta que derribó a hachazos, y le pega un susto de mierda a la pobre de Shelley Duvall, yo reproduje la escena para mi mujer con un alegre Here’s Gerry!

No le hizo gracia.

La gran ironía final de El resplandor es que Torrance se pierde para siempre en el laberinto, muere congelado de hipotermia como un triste Minotauro que nunca entendió el proceso que lo llevó hasta ese punto.

En mi laberinto, afortunadamente, hay menos setos.

Al tercer día, cual parábola bíblica, emergí. La temperatura era de 15 Fahrenheit, o sea unos 10 Celsius bajo cero. Pero se sentía como un verano playero. Recorrí las calles aún vacías. La nieve, aún acumulada en grandes montículos, mostraba manchones amarillos donde los perros, ateridos, habían hecho sus necesidades para volver a toda prisa a sus casas. Entré en una panadería donde me pedí un croissant y un glorioso café, que a cada trago fue calmando, poco a poco, al extraviado Jack Torrance.

Here's Gerry!

Here’s Gerry!

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

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