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Poesia

Martes de #poesía: Los poetas de abril (III) – Eduardo Chirinos

Continuamos la serie relativa a los poetas que visitarán Chicago del 24 al 26 de abril durante el VII Festival de Poesía en Español Poesía en Abril. En esta ocasión, hablo brevemente sobre el peruano Eduardo Chirinos.

Chirinos (Lima, 1960). Pertenece a la llamada Generación del 80, junto a poetas como José Antonio Mazzotti (quien estuvo en Chicago en el Festival de 2013) o Raúl Mendizábal.

Chirinos publicó desde muy joven. Hacia los 25 ya había publicado tres poemarios Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso (1983) y Archivo de huellas digitales y ganado algunos premios, incluyendo el Copé de Poesía. Radicó por un tiempo en España, volvió a Perú a fines de los 80’s y permaneció ahí hasta principios del siglo XXI, habiendo publicado para entonces cerca de diez títulos entre poemarios como Sermón sobre la muerte y El libro de los encuentros, volúmenes de ensayo como El techo de la ballena o antologías como Loco amor e Infame turba.

En 2003 se mudó a Estados Unidos, donde actualmente radica, primero en la Universidad de Rutgers donde obtuvo un Doctorado en Poesía, y luego en otras ciudades hasta residir finalmente en Missoula, Montana, donde es catedrático de literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Montana. En todo ese tiempo ha publicado poemarios como El Equilibrista de Bayard Street, Abecedario del Agua, Breve historia de la música, Escrito en Missoula, No tengo ruiseñores en el dedo, Humo de incendios lejanos y Mientras el lobo está, además de que editoriales en España y México han publicado antologías de sus obras. En 2001 obtuvo el premio Casa de América de Poesía. También ha continuado publicando crítica y ensayo: Nueve miradas sin dueño, las antologías Elogio del refrenamiento de José Watanabe, Los ojos de la máscara de José Juan Tablada, y Rosa polipétala. Artefactos en la poesía española de vanguardia entre muchos otros. Ha traducido a autores estadounidenses como Mark Strand y Louise Glück, en tanto que obras suyas también han sido traducidas al inglés y al francés.

Eduardo Chirinos

Eduardo Chirinos

Aquí, algunos poemas de Eduardo Chirinos.

 

Fragmentos de una alabanza inconclusa

Debe haber un poema que hable de ti,
un poema que habite algún espacio donde pueda hablarte sin
cerrar los ojos,
sin llegar necesariamente a la tristeza.
Debe haber un poema que hable de ti y de mi.
Un poema intenso, como el mar,
azul y reposado en las mañanas, oscuro y erizado por las noches
irrespetuoso en el orden de las cosas, como el mar
que cobija a los peces y cobija también a las estrellas.
Deseo para ti el sencillo equilibrio del mar, su profundidad y su
silencio,
su inmensidad y su belleza.

Para ti un poema transparente, sin palabras difíciles que no
puedas entender,
un poema silencioso que recuerdes sin esfuerzo
y sea tierno y frágil como la flor que no me atreví a enredar
alguna vez en tu cabello.
Pero qué difícil es la flor si apenas la separamos del tallo dura
apenas unas horas,
qué difícil es el mar si apenas le tocamos se marcha lentamente
y vuelve al rato con inesperada furia.
No, no quiero eso para ti.
Quiero un poema que golpee tu almohada en horas de la noche,
un poema donde pueda hallarte dormida, sin memoria,
sin pasado posible que te altere.

Desde que te conozco voy en busca de ese poema,
ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo donde cuelga tristemente tu
recuerdo.

Ahora pienso en ti y pienso
que después de todo conocerte no ha sido tan difícil como escribir
este poema.

 

 

Biografía de una noche cualquiera

 

Atravesar un pasadizo a oscuras,
palpar la tibia humedad de sus paredes, su babosa suavidad
de recto laberinto. Hacia el fondo una luz Gritas
pero nadie escucha tu grito. Tiemblas,
pero nadie siente tu temblor. Tienes miedo.
Tú que nunca lo tuviste, ahora tienes miedo.
Has tropezado a ciegas con obstáculos, has encendido inútiles
antorchas, has maldecido y orado y vuelto a maldecir.
Tus dedos se aferran al hilo conductor. Ese hilo
es una larga vena en la que corre tu sangre;
estás atado al punió de partida,
pero algo más fuerte te impide volver.

(‘¡Ariadna!, tú que ideaste este ardid, dime ahora cómo salgo
de este laberinto, dime
cómo he de palpar estas paredes sin rasgarme las manos,
cómo es que hay un afuera que me atrae como al suicida el
vacío. Ariadna, tú que alimentaste amargamente mis deseos, tú
que me creaste para concebir contigo, dime
qué horrenda verdad se oculta bajo esta ciega luz, qué palabras
moverán las columnas de este palacio derruido, que voz
arrullará mi sueño cuando retorne al sueño.
No dejes, Ariadna, que se corle el hilo queme ata a tu vientre,
no permitas
que el negro dolor se apodere de tu cuerpo y me destruya.’)
Ya es de noche.
El viento mueve con furia las copas de los árboles, escuchas
sonidos inútiles y un breve jadeo índica que todo está bien,
no tienes de qué preocuparte.

Las palabras del mundo

Los filamentos de aire, allí donde hubo
un mínimo grosor de materia, se nutren
de palabras. Y se apoderan poco a poco
del mundo. La mirada parpadea, secciona
confusas imágenes que van al cerebro
y preguntan por un nombre. El cerebro,
ya se sabe, es un órgano aburrido. Tarda
unos segundos y contesta afirmativa
o negativamente. Entonces el proceso
vuelve a repetirse, pero en sentido inverso.
Hay quienes consultan diccionarios,
quienes prefieren preguntarle a Dios,
los que interrogan la luz y pasan días,
meses, años royendo los huesos de un
idioma que ha olvidado la carne. Hay,
por último, los que apagan la luz y se
sientan a esperar. Es cuestión de paciencia.
Ellas llegan siempre para rogarnos un sitio.
Llegan para pedirnos perdón.

 

El sol que todo lo puede
Fue el día del entierro del engaño y la mentira.
Todo Granada estaba en las calles y el carnaval
incluía –por supuesto– a los poetas: en lo alto
de un carruaje recitaban versos a las nubes,
a los pájaros, a las aguas de un lago que resiste
heroicamente la contaminación. Y allí estaba.
Con sus cabellos blancos y su boina negra. Ojos
que han visto a Dios en el humo de la marihuana,
de los volcanes azules de Nicaragua, velando
entre la confusión. En él no había confusión.
Era el mismo muchacho que escribía versos
para Claudia, el seminarista que nos presentó
a Pound, el jovencito poeta asomado a la
ventana donde enloqueció Alfonso Cortés.
Todo Granada estaba en las calles.
Músicos, danzantes, bailarinas. Y el sol,
que todo lo puede, reclamando silencio.
En un rincón estaba Marilyn. La reconocí
entre la multitud. Llevaba gafas oscuras.
Me hacía adiós con una mano.

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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