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Automovilismo

Elegía para un viejo amigo

Es humano atribuir cualidades humanas o casi humanas a los objetos. En la medida en que un objeto pasa a formar parte de nuestra cotidianeidad, va perdiendo sus características fundamentales de cosa inanimada producida en serie, y va adquiriendo algo distintivo, que no es sino la proyección de nuestras propias necesidades, sueños, urgencias, etcétera.

Así un bastón se vuelve extensión del brazo; una silla, punto de comodidad y reposo que ninguna otra silla puede ofrecer; un sombrero, parte de la cabeza, del cuerpo, de la personalidad.

En el bellísimo La poética del espacio, Gastón Bachelard define a la casa como el rincón particular del mundo, y apunta que “todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa”.

Esta transformación del objeto en un espacio propio tuvo encarnación para mí, de forma muy especial, en un auto. Era un auto cualquiera, un Honda CRV como miles, tal vez millones, producidos por el fabricante japonés en aquel otoño del año 2000. Un auto negro. Un auto familiar. Nada realmente destacable: un motor, cuatro ruedas, espacioso pero no tanto, cómodo y utilitario.

Pero con el paso del tiempo, con el rodaje de miles y miles de kilómetros ese auto se volvió parte de la familia, adquirió la noción de lo habitado, se hizo parte del espacio propio como tal vez lo hubiera ocupado una mascota.

Mi hija lo bautizó como Mister Smoothie, por la suavidad de su conducción aún en calles o carreteras pobremente pavimentadas.

Mr. Smoothie, al final.

Mr. Smoothie, al final.

Y Mr. Smoothie no sólo era suave. También era un guerrero. Mientras otros autos se morían en los brutales inviernos de Chicago, el Honda arrancaba cada mañana con la misma, persistente, música de sus pistones. Recuerdo su primer invierno, manejándolo rumbo a Washington, D.C., por las gélidas carreteras de Indiana, 35 bajo cero y vientos de 40 kilómetros por hora, tráilers tumbados a ambos lados de la autopista y Mr. Smoothie sereno, imparable, la calefacción a tope, mientras la noche se volvía madrugada.

Y así, incontables viajes. Viajamos juntos desde Chicago al golfo de México, al Atlántico, a Washington, a Boston, a Nueva York. Cruzamos los Apalaches, los Allegheny, ríos y ríos y ríos. Viajamos al borde del Mississippi, cruzamos el Ohio. Nos faltó viajar al Pacífico, tal vez a Canadá, ciertamente a México.

Gracias a un mantenimiento preciso, duró 14 años y 175 mil millas (280 mil kilómetros). Al final, tenía crecientes achaques. Lo llamaban viejo, y yo lo defendía: ‘de edad madura, como su dueño’, decía.

En su interior, la familia encontró un espacio de seguridad y comodidad, una extensión de la casa.

En su interior, mi hija pasó de niñita de tres años a adolescente. En su interior, aprendió a manejar. En su interior, se oyeron conversaciones sobre amores y decepciones, líos escolares y grupos de rock. En su interior, mi mujer y yo viajamos a cenas, películas, eventos, fiestas, o solo a dar la vuelta y platicar. En su interior nos protegimos de heladas, tormentas de nieve, tormentas de verano, granizadas. En su interior perdí pelo y gané años, y mi madre se fue haciendo anciana.

Fue precisamente de regreso de una visita rutinaria al médico de mi madre que Mr. Smoothie dio el último coletazo. La cadena de distribución se rompió, dañando los pistones. Mera autopsia de una muerte que se sintió como una progresiva disminución de la marcha hasta hacer alto total y no volver a encender.

En la grúa, el último día.

En la grúa, el último día.

Reparar el daño hubiera costado muchísimo más dinero de lo que un auto de 14 años de edad cuesta, debido a la depreciación. La solución fue donarlo a una organización caritativa que lo venderá por sus partes, o que si lo repara podrá dárselo a alguien que necesite un auto. Yo sé que aún había vida en ese motor que lo había resistido todo.

Mr. Smoothie murió como mueren los guerreros, en el campo de batalla, con las armas en la mano. Adentro se quedaron muchos recuerdos. Afuera, un adiós inevitablemente sentido, aunque fuese una máquina, cuatro ruedas, un motor, una extensión del espacio íntimo, inolvidable.

En este video, la despedida a un guerrero.

 

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

Comentarios

4 comentarios en “Elegía para un viejo amigo

  1. ¡Fabuloso adiós a un amigo! ¡Brillante! ¡Emotivo!

    Publicado por La Vitamina T | julio 25, 2014, 11:26 AM
  2. Fuí testigo de su paciencia y tolerancia… pero a Mr. Smoothie hay que agregarle un atributo: es de los pocos que tuvo que servir a quien, en sus juventudes, renunció voluntariamente a tomar al volante e, incluso, manifestó públicamente esa decisión de vida con su Non-Driver License … ha de ser difícil la conducción de un renegado… pero Mr. Smoothie fue fiel a su misión…

    Publicado por Juan-Humberto VITAL | julio 25, 2014, 12:07 PM

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