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Olimpiadas

Nadia: cuarenta años, una carta, una fuga

Era una época más sencilla (en otro sentido, también más aburrida). Casi 14 años, tardes de verano sin mucho que hacer. Y en la televisión, la nueva televisión en color que pusimos en el centro de la sala, los Juegos Olímpicos de Montreal, 1976. Yo quería ver el atletismo y el fútbol. A cambio de eso, a cambio del permiso, acepté ver la gimnasia.

Era una época de un mundo dividido en dos sectores, y las olimpiadas eran un raro punto de encuentro sin guerras, guerrillas, desestabilizaciones o infiltraciones pero en las que, sin excepción, las dos mitades competían de manera feroz. Todavía no empezaban los boicots. Ni se hablaba de dopaje.

La gimnasia era el patio exclusivo de la Unión Soviética, que de vez en cuando daba permiso a algún Estado satélite de ganar una medalla. Estados Unidos y China miraban desde abajo en el podio.

En Montreal 76, se esperaba que la reina de Múnich 72, Olga Korbut, renovase la corona. En las barras paralelas, el piso, el potro y la barra fija, la rusa Olga Korbut (en realidad bielorrusa ¿pero a quién le importaba eso entonces?) miraba a sus competidoras con frialdad imperial.

Una de esas competidoras, una flaquita seria como un diagnóstico, entró como un vendaval, voló con picardía y una alucinante flexibilidad atlética, y tumbó a patadas a la Korbut de su trono y se hizo con los primeros “10” jamás registrados en la historia de la gimnasia. Tan fue así, que el monitor electrónico con que se calificaban las actuaciones no tenía dígitos para las decenas.

Usted que lee esto ya se habrá dado cuenta que con mis 14 años me enamoré perdidamente de Nadia Comaneci y de sus vuelos imposibles entre las barras, sus saltos alucinantes en el potro, sus volteretas en el piso. Me enamoré con la entrega y cursilería de que uno es capaz a esa edad (con el tema que Richard Clayderman le compuso para piano como patético fondo), que era por cierto la misma de ella (cumplimos años con un día de diferencia, ¿cómo uno no iba a pensar que eso era destino?).

Me imagino que Brezhnev tuvo conversaciones con Ceaucescu por la manera como Nadia destronó a la Korbut. Daba igual. Nadia era la reina de Montreal y yo volví a clases en septiembre con el corazón henchido y buscando en bibliotecas algún diccionario español-rumano (por entonces me enteré que se trataba de una lengua romance).

Un amigo, no sé cómo (no importa) consiguió (quién sabe dónde) la dirección de la Federación de Gimnasia de Rumania y me aseguró que ahí se le podían escribir cartas a Nadia.

Fue probablemente mi primer carta de amor.

No esperen ustedes un lenguaje florido. A esa edad yo era bajito, regordete y patológicamente tímido. No tenía la menor idea de cómo se escribía una carta de amor. Escribí con corrección y pulcritud, esperando que ella leyese entre líneas (¡ajá!). Esa época, esa era sin internet, sin textos, sin Instagram ni snapchats, era la época de los pen pals que eran un refugio estratégico para los colosalmente tímidos.

La carta se fue a Bucarest. Aún en la ingenuidad de esa época y de esa edad, sabía que no sería leída. No recuerdo qué le dije, salvo que la felicitaba de antemano por su siguiente cumpleaños (estimando, en septiembre u octubre, que la carta más o menos le llegaría en noviembre) y le hacía saber que nuestros cumpleaños caían casi en la misma fecha (audaz, Gerardo, audaz).

Es un instante detenido en la memoria, y nada más. Después cayó el muro de Berlín, el bloque comunista y, de forma especialmente sangrienta, el régimen de Ceaucescu en Rumania. Sabía que Nadia había huido poco antes, pero este artículo de Manuel Jabois en El País relata cómo huyó, cubierta de lodo, a pie, hacia Hungría.

Hoy vive Nadia en Oklahoma con su marido, el gimnasta Bart Conner y entrena muchachitas y muchachitos, y por fin sonríe, y gozará de su familia y del aire acondicionado que hace soportable la resolana del Oeste estadounidense. Cada quien con su vida y sus responsabilidades y sus historias y sus fugas.

Otros Juegos Olímpicos están por comenzar; de pronto la veremos entre los invitados especiales, o se recordará su hazaña, su impresionante hazaña porque ya se han cumplido 40 años.

Yo recuerdo sus vuelos, la luz del nuevo televisor que invadía la sala de mi casa en las tardes golfas del verano de 1976, y una carta simplona, escrita a mano.

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Acerca de gerardo1313

Escritor y periodista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, y del Premio Nacional Repertorio Español, 2016, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, los poemarios En el pais del silencio (2015, Ediciones Oblicuas; y Silencio del tiempo, 2016, Abismos editorial) y la antología Diáspora: Narrativa breve en español de los Estados Unidos, de la que es coordinador y que fue publicada por Vaso Roto Editores en 2017. Ex director editorial de la revista contratiempo.

Comentarios

2 comentarios en “Nadia: cuarenta años, una carta, una fuga

  1. Aunque en algún lugar de mi memoria están Misha y su lagrimita dibujados en el impresionante mosaico que coloreó las tribunas en Moscú, mi primera vez frente a juegos olímpicos por televisión fue hasta Los Ángeles, en 1984. Ahí, entre los récords y semblanzas que pasaban por televisión, fue que supe de cómo Nadia había roto los tableros con su ejecución. Guardé ese dato junto a muchos otros, hasta que años después (tal vez durante los juegos en Seúl) vi por primera vez el video, ese mismo que compartes aquí. Apenas podía creer que una cosa tan grande viniera de una altleta tan niña. Sí entiendo cómo y por qué haberlo visto en vivo —quiero decir, en directo— sea algo para enamorarse.

    Te leo y quiero creer que tu carta se coló por alguna de las muchas fisuras de la cortina de hierro, que Nadia pasó bien su cumpleaños, que todo el amor en todas sus formas le ayudó a reunir el coraje para dejar Bucarest. «Cuando te sigue la Policía Secreta, una aprende a no llevar su corazón bajo la manga», dijo alguna vez. Quizá eso haga parecer que no fue leída, pero insisto en confiar que sí. Enamorarse suele ser algo menos fortuito y más poderoso de lo que uno pudiera pensar. Gracias por compartir esta historia. Un abrazo.

    Publicado por Genrus | julio 24, 2016, 1:21 PM

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