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Politica, Terrorismo

La flexible máscara de la locura

De Marco Bruto a Lee Harvey Oswald, y del príncipe Yusupov a Ramón Mercader, pasando por los más recientes casos de Timothy McVeigh y Jared Lee Loughner, la sociedad asigna a los asesinos motivados políticamente, y a los magnicidas la condición de locos. Este es el caso también de Anders Behring Breivik, el individuo supuestamente responsable por la masacre del 22 de julio en Oslo y Utoya, que dejó un saldo aún provisional de 92 muertos, entre la autobomba detonada en la capital noruega, y el ataque contra el campamento socialista perpetrado pocas horas después.

Aunque el término clínico “loco” aún no ha sido usado, en el caso de Breivik el discurso oficial en torno a sus acciones ya no baja del radicalismo extremo. Su caso ha devenido patológico, mientras que el gobierno noruego se apresura en expresar que el país, sacudido por el peor atentado de su historia, comienza a volver a la normalidad.

Behring Breivik y sus juguetes

Pero ni las cosas son tan normales en Noruega, ni Breivik es un mero caso clínico. La locura aparece como una flexible máscara, tras la cual se ocultan males profundos que padece la sociedad noruega, y con ella las sociedades de Europa y Estados Unidos. Nadie quiere ver ese rostro, marcado por las cicatrices del racismo y la intolerancia, y torcido en la mueca del imparable regreso de la derecha a los gobiernos de la supuestamente democrática, tolerante e incluyente Unión Europea.

Las sociedades europeas son una olla a presión donde se cuecen los peligrosos vapores de una crisis económica derivada de la recesión estadounidense; un desempleo que no consigue ser abatido; y las fuertes tensiones entre el crecimiento de la inmigración indocumentada y la creciente diversidad racial de Europa, y una sociedad que recula aterrada por ambos fenómenos, y que se expresa sea a través de canales democráticos usados por las “buenas conciencias conservadoras”, o través de medios extremistas, intolerantes y violentos como los usados por Breivik.

Estados Unidos, atenazado por la prolongada recesión y por la posibilidad sin precedentes de una moratoria de pagos, vive también momentos de un fuerte enconamiento político, atizado por una ultraderecha que también se siente motivada por intensos sentimientos anti-inmigrantes.

La máscara de la locura permite que Breivik sea visto como una excrecencia, una célula maligna, un tumor canceroso, en fin una excepción que puede ser aislada y debe ser extirpada. Pero bajo la máscara Breivik, como Loughner en Arizona a principios de año, es un síntoma. El cuerpo ya está enfermo, el mal ya está extendido, el organismo se apresura a una metástasis conseguida a golpe de votos, de vociferar contra la inmigración y la intervención estatal en radio, televisión, e Internet, de demonizar al Islam y a los migrantes de África, Asia y América Latina que amenazan al estatus quo blanco.

Hay un excelente análisis visual del matutino británico The Guardian que revela la progresiva derechización europea (hay que mover la fecha del timeline para ver los cambios ocurridos a lo largo del tiempo). Derechización que llega, como en 1933 en Alemania, por la vía del voto, por la vía de las instituciones. Derecha que, como la de aquel entonces, ofrece un nuevo despertar.

Esta derecha, aún en sus encarnaciones más extremas, como Breivik, no es una presencia marginal ni clandestina. Esta es una derecha de alta inteligencia y sofisticación que utiliza las redes sociales y la tecnología para difundir de forma masiva su ideario, comunicar a sus actores, y planear sus golpes.

Es más que irónico que el recién creado think thank Google Ideas celebrase, en junio pasado, una cumbre Anti Extremismo, donde se examinaba precisamente el uso de las nuevas tecnologías como mecanismos de difusión de ideas radicales y violentas. Mientras Google Ideas llevaba a cabo este evento en Dublín, en Oslo, Breivik usaba el Internet para finalizar los últimos aspectos de su plan, ejecutado en nombre de poner un alto a la creciente diversidad racial de Noruega. Como acertadamente apunta el Council on Foreign Relations, algunos de esos contactos que Behring estableció fueron con blogueros de Estados Unidos contagiados del mismo virus de intolerancia.

A mí no me queda otro remedio que remitirme a la ‘filosofía a martillazos’ de pensadores que no dan tregua al intelecto, como Slavoj Zizek. En su excelente libro “First as Tragedy, then as Farce” (Londres, Verso, 2009), el filósofo esloveno parte de la recesión estadounidense de 2008 para hacer una disección sin piedad de la derecha reptante, y de la pusilánime izquierda contemporánea.

En su análisis veo un curioso paralelismo entre Breivik, y el tristemente célebre as del fraude financiero, Bernie Madoff. Escribe Zizek: “Uno debería por tanto resistir los númerosos intentos de patologizar a Madoff, presentándolo como un bribón corrupto, un gusano podrido dentro de la sana manzana verde. ¿No se trata más bien de que el caso Madoff nos muestra un ejemplo extremo, pero por ello puro, de lo que causó el desastre financiero?”. En otras palabras, Behring es “un ejemplo extremo” de problemas y males que ya imperan en la sociedad noruega y en la europea.

Concluyo de nuevo con Zizek, que reflexiona sobre la orden del gobierno italiano de Berlusconi, emitida en 2008 de militarizar fronteras, aeropuertos y estaciones de trenes y autobuses para poner fin a la inmigración ilegal, decisión tomada en nombre de mejorar el nivel de seguridad pública, y aceptada con silencio y complicidad por una mayoría de la sociedad italiana.

“¿No es este el estatus” – continúa Zizek – “que estamos alcanzando en países desarrollados de todo el mundo, donde tal o cual forma de estado de emergencia (declarado contra la amenaza del terrorismo, contra los inmigrantes, y demás) es simplemente aceptado como una medida necesaria para garantizar el funcionamiento normal de las cosas?”.

Zizek escribió estas palabras dos años antes de la masacre de Oslo, donde hoy el gobierno noruego llama a la normalidad, y Breivik duerme en una moderna prisión, con la cruel sonrisa triunfante bajo la máscara de la locura.

 

 

Acerca de gerardo1313

Escritor, periodista, comunicador y comentarista mexicano. Reside en Chicago. Autor del libro de relatos A veces llovia en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, 2011, ganador del Premio Interamericano Carlos Montemayor 2013), la obra de teatro Blind Spot (Ganadora del Primer Premio Hispano de Dramaturgia de Chicago, 2014, publicada por Literal Publishers en la coleccion (dis) locados, y el poemario En el pais del silencio (publicado en 2015 por Ediciones Oblicuas, Barcelona). Director editorial de la revista contratiempo (http://contratiempo.net)

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