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Un caballero español

Para Conchita, para sus hijos y nietos.

 

Tal vez usted, querido lector, se enteró por los periódicos esta semana del fallecimiento del arquitecto José María Buendía en la Ciudad de México. Posiblemente leyó en las notas de prensa sobre sus contribuciones a la arquitectura, su labor como maestro, acaso su visión del mundo.

La noticia de su muerte no me lleva a una reflexión sobre su arquitectura, no inicialmente. La noticia de su muerte me pegó como un golpe inesperado porque Chema Buendía no era para mí ni un nombre, ni un arquitecto. Chema fue una parte fundamental de una etapa clave de mi vida (y con él Conchita, su mujer; y sus hijos, todos y cada uno; y de sus nietos los dos que conozco desde pequeños, Natalia y Juan; y los que aún ni conozco). Chema fue un amigo de esos que son para siempre, alguien a quien tuve el privilegio de conocer y con quien mantuve una conversación que ahora el tiempo interrumpe, más no la memoria.

Fue hace 35 años que lo conocí, cuando su hijo Pepe, con quien había iniciado en 1981 otra de esas amistades inagotables, me llevó por primera vez a conocer su casa y a comer con su familia.

Nunca fui especialmente parlanchín con los padres de mis amigos. Siempre imperó en mí la timidez. Había que sacarme un poco las palabras. Admiraba que otros amigos pudiesen involucrar al pater familias en conversación y siempre tuviesen cumplidos oportunos y graciosos para la madre.

Pero con Chema era imposible ser tímido. Desde el primer momento abrió las puertas de su casa, me enseñó sus frescos y blancos pasillos, los detalles de su patio y jardín; en esa primera comida abrió la página de las que serían incontables, sorprendentes, memorables sobremesas. Chema era una especie de druida de la sobremesa y nunca sabías qué mágico muérdago, que recitado hechizo, qué inesperada fantasía saltaría sobre la mesa entre las tazas de café, las colillas de cigarro y la luz vespertina que iba apoderándose del comedor.

Chema Buendia, dictando catedra

Chema Buendía, dictando cátedra

Encontramos rápidamente temas comunes de conversación: libros (en especial poesía), España, Marruecos, política mexicana, fútbol. Del fútbol hicimos todo un tema aparte: él con su Manchester United, yo con mi Barcelona. Chema había trazado sobre una pequeña mesa de madera, con exacta proporción, las líneas de un campo de fútbol y jugaba contra sus hijos, y contra los amigos de sus hijos, interminables partidos de fútbol de botones. Nunca pude vencerlo.

Un día, en alguna de esas sobremesas donde saltábamos animadamente de un tema a otro, dijo una frase que se ha quedado marcada en mi cabeza y en mi corazón para siempre: el hombre está marcado por el drama de su paisaje.

Ignoro si la frase era de él, o citaba a alguien. Me sonaba a Unamuno, a Machado, pero nunca la he visto en ninguna otra parte así que le confiero la autoría de Chema. Entiendo que esa frase era punto focal de su visión de la arquitectura. A mí me llegó como pueden llegar ciertos versos de ciertos poemas que no olvidas nunca.

En mi vida he cambiado muchas veces de paisaje: la Ciudad de México, Miami, Washington, Bruselas, Madrid, y desde hace tiempo Chicago. Cuando he recorrido cada ciudad, muchas veces ha resonado en mi cabeza la frase de Chema. Hoy entiendo que los paisajes pueden ser tan exteriores como interiores.

Diré pocas cosas de su arquitectura, pues no soy experto: Chema Buendía era un poeta de la luz, de los jardines y de los patios. Hizo casas porque el drama del paisaje se desarrolla con toda su intensidad en el hogar. Sus pasillos blancos y frescos hablaban de Andalucía y Marruecos, sus paisajes natales. Había llegado a México a los 20 años, huyendo de la tiniebla franquista, y había encontrado la manera de atrapar la luz mexicana en sus grandes ventanales y pequeños recovecos, y en el diálogo entre sol y árboles de sus jardines. Sabía confinar las sombras a rincones de comodidad y descanso, pero la luz imperaba en espacios abiertos para invitar al paseo, a la reflexión, al diálogo.

Nuestra última conversación fue hace un año. Delicado ya de salud, nos sentamos un rato frente al televisor a ver los resúmenes de la Premier League. Cuando me levanté para iniciar mi despedida, pensando que querría dormir una siesta, sus ojos se iluminaron con la picardía de siempre. Me tomó del brazo y me enseñó, una vez más, la colección de pequeñas cajitas que tenía en su sala, y abrió una, creo que de Marruecos, para mostrarme lo que parecía ser un diente. “Es un diente de leche que se le cayó a mi abuelo, de niño. Es lo único que me queda de él”. Cerró la cajita y me miró de reojo aún con más picardía, sus ojos chispeando tras las gafas: “o bueno, tal vez no y a lo mejor me lo he inventado todo”.

Nos quedan tantas conversaciones pendientes, tantos paisajes por discutir, tantas lecturas que compartir, tantos partidos de fútbol de los que renegar. Tal vez, a lo largo de algún fresco pasillo de paredes blancas, o en un rincón soleado de algún jardín, mirando azulejos y mirando el cielo, dos espíritus se encuentren para seguir charlando.

Entretanto, gracias por haber abierto las puertas de tu casa, por haberte sentado a conversar café en mano, por uno y mil partidos de botones. Buen viaje, arquitecto.

Poeta de la luz, los jardines y los patios.

Poeta de la luz, los jardines y los patios.

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