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María y el desierto

¿Lo ven, amigos? ¿No lo ven? ¡Cómo brilla, más y más luminoso, iluminado por estrellas alto remonta! ¿No ven cómo su corazón audazmente se inflama, total y noblemente henchido en su pecho? ¿Cómo de sus labios, deliciosamente, gentilmente, su dulce aliento flota?

Liebestod, Acto III, Tristán e Isolda de Wagner

 

La historia comienza y acaba en el desierto. Comienza con una vida que se extingue, se rodea de otras vidas que se pierden, y termina en una pérdida que son muchas a la vez. En medio, siempre el desierto, y en torno al desierto una muralla que quiere levantarse.

 

Hay muchas lecturas posibles de La muralla, de Ligia Urroz (Narratio Aspectabilis, México, 2017).

 

Se le puede leer como una novela que predice (se escribió originalmente en 2008) el sacudimiento político de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el resurgimiento del nacionalismo virulento y el discurso de las murallas como argumento político.

 

Se le puede leer como una novela donde la pobreza, el hambre y la falta de oportunidades arrojan a hombres y mujeres jóvenes a la aventura siempre peligrosa de la migración.

 

Se le puede leer como un manojo de historias de trayectorias diferentes y similar y áspero final.

 

Yo la leí como la historia de un gran personaje, María, que se mueve por dos hilos: el de la historias que la preceden y determinan, y el propio hilo de una ilusión o de una esperanza que la llevan a una decisión poco meditada y desenlace inevitable.

 

Cada lector lee según sus contextos y sentimientos. Mi contexto es el de un migrante que no tuvo que atravesar el desierto, que no fue impulsado a la huida por privaciones. Eso no me hace menos migrante que María, ni que millones de otros migrantes, pero me hace leer la historia con otros ojos.

 

 

Y al hacerlo, por razones que no termino de explicarme muy bien, pensé en un contexto muy distinto que, sin embargo, me hizo leer con otros ojos y sentir la novela de otra forma.

 

Al leer La muralla y, sobre todo, leer los últimos capítulos, no pude evitar remitirme a Tristán e Isolda y, en especial, a Liebestod, la muerte del amor, el aria final de Isolda ante el cuerpo de Tristán.

 

En esa lectura, María es Tristán, y tanto la narrador como el lector juegan el papel de Isolda. Algo se ha perdido, algo se escapa irremediablemente. Y por todo escenario, la brutalidad del desierto (y ya al desierto lo podemos revestir con ropajes políticos, si lo quieren los lectores).

 

En todo libro hay más de un libro. Hay el libro que escribió su autor, el que cada lector lee, el que sus editores promueven en base a su propia agenda. Decía Barthes que el libro se separa inevitablemente de su autor tras haber sido publicado.

Cada quien leerá La muralla en base a su interpretación, en base a su aceptación o rechazo de la agenda editorial, en base a su contexto; yo lo he leído y he pensado en Tristán e Isolda, en Liebestod, y en el drama de lo que se pierde irremediablemente en esas violentas transiciones de las rupturas. Y leí esos últimos capítulos con esa aria como fondo.

 

María está rota y entrega su cuerpo al desierto, como Tristán estuvo roto en Bretaña, y el amor que motivó a ambos se pierde. Queda el abismo.

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